martes, 13 de diciembre de 2016

LA MONTAÑA. LUCES Y SOMBRAS

El otro día, y gracias a la propuesta de unos buenos amigos, después de un montón de años alejado de las cumbres, pude disfrutar de mi reencuentro con una de mis mayores pasiones, añorada y abandonada por diversas circunstancias de la vida: la montaña. Lo primero, me gustaría agradecer (porque lo contrario sería tremendamente injusto) a Marta, Jose, Roberto, Joserra, Iñaki, Natio… y a sus correspondientes vástagos (Izai, Miren, Iñigo, Ane, David, otro Iñigo y Xabi) su compañía, ánimo y alegría. Gracias a ellos he vuelto, a mis 59 años, a revivir la ilusión, la maravilla de la naturaleza en su estado más puro, la libertad de sentirte junto al cielo, respirar el aire limpio de las cumbres, admirar la belleza de un bosque de hayas con las ramas desnudas y el suelo cubierto con un manto de hojas secas de color rojizo cual alfombra acogedora, envolverte en una tenue niebla mágica que te transporta a un mundo interior donde las sombras, lejos de asustarte, te muestran el camino. ¡Ah la montaña…! El cansancio de las piernas cuando estas al límite en la ascensión y te hacen sentir cada paso como una losa eterna, el aire frio que se te mete hasta el tuétano mezclado con la humedad del bosque cerrado, el manto de hojas secas que oculta de manera tramposa una capa de piedras sueltas que te hacen convertir la sonrisa en una mueca de dolor cuando las pisas y tuerces el tobillo, la niebla tan espesa que se puede cortar con un cuchillo y que te impide ver más allá de tus narices, la pendiente arriba que te corta la respiración y te ahoga… ¡Ah la montaña…! Con sus luces y sus sombras.

Los tiempos han cambiado a una velocidad de vértigo, y la montaña no podía ser una excepción. ¿O si? Depende a que nos refiramos. En realidad no es la montaña la que ha cambiado. Somos nosotros y las herramientas que utilizamos las que han evolucionado. Todavía recuerdo (permitidme que me ponga en plan "abuelo cebolleta") cuando en mis años mozos cogíamos el tren a Durango, sí, aquel tren viejo de madera, que chirriaba en cada curva pareciendo que se iba a descomponer a cada momento, echando humo continuamente. Sacábamos las guitarras para cantar, rodeados de mochilas, mientras los viajeros nos miraban con la complacencia que da la edad y nos agradecían que les animáramos la hora larga que duraba aquel viaje. Al pararse el tren en la estación con una gran estruendo, saltábamos alocados al andén y colgándonos a la espalda la mochila y la guitarra, emprendiamos la subida a pie hasta Urkiola para, una vez alli, proseguir hasta Amboto unas veces y otras seguir el cordal por Saibigain, Aramotz y Eskubaratz que nos devolvia a Lemona o Amorebieta, donde volvíamos a coger el tren de vuelta a casa. El ritual de todos los domingos al volver del monte: ducharnos, limpiar las botas de cuero y embadurnarlas con todo el cariño del mundo, acariciándolas,  de aquella grasa especial que las protejería en la siguiente salida. Nuestra única herramienta de orientación eran aquellos mapas de Javier Malo que tantas aventuras y pérdidas de rumbo han vivido conmigo. Y nuestro sentido de la orientación e imprudencia que suplía otras carencias técnicas. Y, como no, una gran dosis de pundonor que me impedía rendirme ante las adversidades climatológicas o físicas.




La montaña sigue siendo la misma. He cambiado yo. El otro día lo comprobé. Más años, más veteranía, más cansancio, más desgastado. Ahora subimos en coche a Urkiola. Incluso el tren es más moderno y rápido. Y los mapas ya no son de Malo, ahora son de Orux, que con su gps nos indica a cada momento donde estamos, hacia donde vamos y de donde venimos. Como si nos guiara por la vida.




 Ciertamente hay que adaptarse a los tiempos y saber aprovechar lo que cada uno nos trae como apoyo, pero no nos engañemos, con Malo, Orux, gps o papel, el camino tenemos que hacerlo nosotros, cada paso que demos hacia arriba tiene que ser esfuerzo nuestro, pèrsonal, cada gota de sudor, cada respiro jadeante, cada ampolla, agujeta o dolor, son nuestros y solo nuestros y tenemos que seguir con ellos, mirando siempre adelante. En cada paso que demos tenemos que ser conscientes de cuando merece la pena sufrir al subir una cumbre o cuando es mejor retirarse a tiempo. Esa es solo decisión nuestra, no de los mapas o gps.

Y hay algo que por muchos mapas analogicos o digitales que haya, por muchos cambios que experimenten las personas o los caminos, sigue existiendo de manera imperturbable a través de los tiempos: en la montaña impera la solidaridad, la amistad, el compartir, el acompañamiento, el respeto y la paz. Lo comprobé el otro día, a pesar de los años que hacia que no iba al monte. Para mi, comprobar que eso no había dejado de existir fue revivir de nuevo, renovar la ilusión. Con más años, más achaques, si, pero con mas veteranía y experiencia para afrontarlos, y sobre todo con la misma capacidad de superación que cuando era joven.
 

viernes, 15 de enero de 2016

A LAS 5 ENCHOCOLATADA Y A LAS 7 FIESTA DEL COLESTEROL

La verdad es que revisando el baúl de los recuerdos en que he convertido a mi querido cuaderno de escritura, uno se puede encontrar con la sorpresa de rescatar esos relatos que en su día plasmé en el papel y que deseché aduciendo que eran malos o que no merecían ser mostrados a la luz. Y digo sorpresa, porque releyéndolos descubro que, alguno de ellos, son como el buen vino, que con el tiempo ganan. O como esa canción que necesitas escucharla muchas veces para que llegue a calarte dentro. O como uno mismo, que con el paso de los años es capaz de valorar más lo que hay en la esencia de las cosas.

Esto me ha pasado con la historia que os cuento a continuación. El título del post lo dice todo... y a la vez no dice nada, aunque es el mismo que el del relato. Es una historia sencilla y compleja al mismo tiempo, real... o no. Algunos dirán que es erótica y otros que tierna. O ambas cosas a la vez. En todo caso disfrútenla, saboréenla. Eso sí, no es apta para diabéticos porque tenemos a las 5 enchocolatada y a las 7 la fiesta del colesterol.



"Una tenue luz procedente de las farolas de la calle penetraba a través de las rendijas de la persiana. María, tumbada boca arriba en la cama, no podía dormir. Aquel habia sido un dia extraño, celebraban su 35 aniversario pero apenas habían intercambiado dos palabras en todo el día. Unos regalos de compromiso, para ella un collar de perlas que fué a engrosar la larga colección de collares que su marido le regalaba cada aniversario, y un libro de los que ya no leía porque no le gustaba, para él.
María se giró hacia la izquierda y miró su espalda. Aquella espalda que tanto le gustaba acariciar cuando se casaron y que ahora le parecía un muro infranqueable. ¿Qué les había pasado? se preguntó. ¿cuándo, en qué momento de sus vidas perdieron la chispa? ¿Cuándo dejaron de conectarse a través de la mirada? ¿Cuándo dejaron de estremecerse con las caricias?

Maria miró el reloj de su mesilla. La tres de la madrugada. Volvió a mirar a su marido y se levantó. Se puso la bata y las zapatillas y, saliendo de la habitación despacio para no hacer ruido, se dirigió al baño. María no se dió cuenta de que su marido la miraba con los ojos levemente cerrados siguiendo sus movimientos. Encendió la luz y se puso frente al espejo. Se vió mayor, arrugas en la frente, bolsas debajo de los ojos, pómulos resecos... Dió un paso atrás y abrió la bata dejándola caer suavemente por detrás de los hombros. Se miró los pechos, algo caídos después de haber amamantado a tres hijos. Se pasó las manos por el vientre un poco obeso y se giró levemente para mirarse las nalgas, todavía duras a pesar de sus 55 años.

Suavemente se abrazó por los hombros y cerró lo ojos mientras recordaba aquellos primeros años de casados, cuando la llama del fuego ardoroso les envolvía en juegos que les hacían experimentar una sensación de ímpetu pasional mezclada con la placidez que sigue a la explosión. Especialmente le vino a la memoria el juego que más les volvía locos, cuando Jorge le envolvía todo el cuerpo con aquella mantequilla en la que luego le espolvoreaba colacao. A ella le hacía gracia porque le recordaba esos bocadillos de "nocilla especial", como le gustaba decir, que su madre le ponía cuando era pequeña, en vez de chocolate. Claro que Jorge no era su madre y lo mejor de aquel revoltijo era cuando su marido se lo volvía a quitar en un juego mezcla de sabores y sensaciones llenas de dulzura que los envolvía a los dos en aquella burbuja aterciopelada hasta que explotaba.

Maria abrió despacio los ojos sin querer salir de aquella ensoñación y se descubrió con las mejillas sonrojadas. Pero la mayor sorpresa fué encontrarse en la puerta a Jorge, que mirándola con ternura se le acercó. Llevaba un tarro de mantequilla en una mano y el bote de colacao en la otra. La cogió de la mano y la llevó a la cocina. En el reloj sonaron las cinco de la mañana. De nuevo volvieron a sentir la mezcla de sabores y sensaciones dulces, de nuevo se vieron envueltos en aquella burbuja aterciopelada que, al explotar, les hizo sentir el calor de aquel fuego como nunca lo habían sentido. Después volvieron a abrazarse, María volvió a acariciar aquella espalda que ya no era una muralla infranqueable, volvieron a conectar sus miradas y la chispa volvió a brillar. Ya no había preguntas que hacerse porque las respuestas tampoco eran importantes.

Pasado un tiempo, Jorge se levantó mientras ella seguía tumbada en la mesa con los ojos cerrados. Se fué al armario, sacó galletas, bollos, croisants y los puso encima de María mientras esta le miraba divertida. Jorge volvió a enseñarle la mantequilla y el colacao poniéndole ojos picarones. En el reloj de la cocina marcaban las siete de la mañana".

Txema Olleta