miércoles, 18 de mayo de 2011

LA NOCHE DE LA LUNA

Amaya le hizo una seña a Ramón, su técnico de sonido, indicándole que subiera el volumen de la música mientras ella se tomaba dos minutos de descanso. Se levantó despacio y se estiró mientras daba dos pasos por la cabina. Aquella noche parecía un poco aburrida a pesar de que el teléfono no había dejado de sonar desde que empezó el programa, sin embargo, algunas llamadas de mujeres, ya de cierta edad, con ganas de desahogarse y otra media docena de oyentes que querían dar consejos, no habían conseguido sacarla de su tono habitual, calmado y tranquilo con el que solía atender las llamadas. La verdad es que llevaba cinco años dirigiendo el programa y saliendo a las ondas y, a pesar de que el momento parecía propicio para las confidencias, pocas veces alguien había conseguido emocionarla o enfadarla. Le gustaba su trabajo, la gente llamaba y se sinceraba con ella, mujeres que volcaban su soledad y su angustia, hombres que buscaban consuelo y que mostraban su lado más sensible, ocultándose en el anonimato de las ondas. Ella solo hacía de intermediaria, no se implicaba, no tenía que hacerlo y tampoco quería.
Amaya se sentó de nuevo y se puso los cascos. Dejó que la música sonara un poco más y haciendo una seña a su compañero, dio paso a una nueva llamada. Era una voz masculina, suave y sugerente.
-Buenas noches, amigo escuchante- dijo Amaya con su voz suave y pausada. –Bienvenido al lugar de las almas nocturnas. ¿Qué podemos hacer por ti?- preguntó la chica.
- Buenas noches Amaya- respondió la voz -¿te has fijado que esta es la noche de la luna?
A Amaya le sorprendió la respuesta porque no era lo que oía habitualmente al comienzo de las entrevistas.
-¿Por qué dices que es la noche de la luna?- Preguntó Amaya intrigada.
-Porque estoy en la playa, paseando a la orilla del mar y una bella y gran luna blanca se refleja en el agua y la arena- contestó la voz masculina.
-¡Vaya!- exclamó Amaya- No sabes cómo me gustaría estar ahí y disfrutar de esa hermosura.
Lo que oyó a continuación la sorprendió.
-¡Estás aquí, conmigo, Amaya!- dijo con suavidad el hombre.
-Eso no es posible- respondió ella.
-Lo es. Solo con que tú lo desees. ¿Sabes?- prosiguió él mientras Amaya le seguía con atención –tienes unos pies muy finos y delicados.
A Amaya aquello le empezaba a divertir, y dispuesta a seguirle el juego le preguntó: -¿y qué hago ahora?-
- Estás tumbada boca arriba, el agua moja suavemente tu espalda y de vez en cuando una pequeña ola pasa por encima de la camisa de seda que llevas puesta- siguió él –por cierto, tienes unos pechos muy bonitos.
Eso a Amaya la pilló de sorpresa, se tocó el pecho cubierto por la fina camisa de seda que llevaba puesta y descubrió con rubor que sus pezones estaban erectos. No podía dejar que aquella llamada le hiciera perder el control.
-Cómo te llamas- preguntó ella dispuesta a retomar el control de la situación.
-¿Y perder la magia? No necesitas saberlo, el nombre solo es una marca que te ponen al nacer- respondió la voz – lo importante es sentir. ¿Tú sientes, Amaya?
Ramón asistía asombrado a aquella conversación y observaba en silencio y con discreción el efecto que la misma estaba produciendo en su jefa. Amaya intentaba mantener el control pero le estaba resultando difícil, especialmente al sentir una ola de calor subiéndole desde el vientre hasta la cabeza cuando aquel hombre siguió hablando.
-¿Sientes el calor de mi mano cuando te acaricio el cuello?- prosiguió él.
Entonces Amaya cerró los ojos y se dejó llevar, y sintió. El roce de los labios del hombre sin nombre en su cuello, acercándose a los suyos, mientras sus manos la rodeaban por la cintura y la acariciaban con ternura. ¡Aquella voz! La envolvía hasta embriagarla y ¡aquella luna!, aquella luna que la bañaba y hacía que su silueta desnuda se reflejara en la arena difuminando sus formas redondeadas.
La música se fue apagando suavemente mientras una trompeta tocaba sus últimas notas. Amaya abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor, en la cabina. Se sobresaltó y dudó si había sido un sueño o no. Se sentó de nuevo y se puso los cascos y una nueva llamada entró en antena. La voz suave y sugerente de un hombre la devolvió a la realidad:
 -Buenas noches, Amaya. ¿te has fijado que esta es la noche de la luna?

Txema Olleta