jueves, 29 de diciembre de 2011

URTE BERRI ON!


No, no estoy desaparecido, solo un poco liado. sin embargo no me olvido de este mi rincón. Ni tampoco de vosotros. Por eso os dejo aquí, para que no perdais el gusto por seguirme, este pequeño relato.
Disfrutadlo y que este año que comienza os permita seguir sacando lo mejor de vosotras y vosotros mismos, como hasta ahora.


LOS ANGELES Y LAS NARANJAS EN LA PLAYA DE LAS PALMERAS

- Salve, bella Fulbia- le saludó el eunuco a la anciana cuando entró en las termas.
Fulbia le miró con una cierta indiferencia y se dirigió al cubiculum.
-Salud, Minerva- saludó Fulbia a una mujer más joven que ella, que se estaba preparando para entrar a la piscina.
La anciana se despojó de la túnica y se unió a la joven en el agua. A pesar de lo avanzado de su edad y de las señas evidentes del paso del tiempo, todavía conservaba la piel tersa y los pechos firmes. Pero sobre todo, su mirada altiva y orgullosa, denotaban un pasado lleno de historias que contar. De hecho, Fulbia escribía. Sus relatos tenían encandilada a la corte del emperador Nerón. Por eso, cuando la anciana entró en el agua, Minerva se apresuró a acercarse a ella, en la seguridad de que la deleitaría con una nueva historia. Fulbia se dio cuenta de ello y, sonriendo con malicia, se sumergió por completo en el agua haciéndose de rogar.
El eunuco, apartado de manera discreta en un rincón, no dejaba de observar las evoluciones de la anciana en el agua, lo que no pasó inadvertido a Minerva, sobre todo al darse cuenta de que en la mirada del joven mulato había preocupación.
Cuando Fulbia asomó la cabeza fuera del agua, la mirada del eunuco se relajó y Minerva aprovechó para preguntarle a la anciana:
- No sé, querida Fulbia, si te has fijado en la actitud de nuestro joven esclavo-
- ¿A qué te refieres, Minerva?- indagó la anciana preocupada.
- Está muy pendiente de ti- le contestó la joven, y añadió -¿A qué se deberá?-
Fulbia cerró los ojos y recostándose en el borde de la piscina, rememoró aquellos lejanos días en las playas de Valentia, hacía ya muchos años, cuando su vida deambulaba de un lado a otro y de lecho en lecho. Es verdad que ello le permitía ganarse unas monedas, pero no es menos cierto que también le posibilitaba disfrutar de los placeres del cuerpo, porque eso sí, los clientes no le faltaban y ello le daba opción a vivir con una cierta holgura y, además, elegir a los hombres con los que se acostaba.
Aquel día entró en su casa un hombre africano, ni siquiera se acordaba de sus nombre, pero sí de su cuerpo, negro como el azabache, fuerte y musculoso como un atleta, y con unas manos suaves como el terciopelo, lo que indicaba que no era un esclavo. Aquel hombre la encandiló como pocos lo habían conseguido. Fueron dos días y dos noches de locura, entregándose a todos los placeres, no se podría decir cuál de los dos era más experto en las artes amatorias. Alternaban las noches sudorosas con los paseos por la playa, entre las palmeras, mientras el ambiente se llenaba de una mezcla de olores entre el salitre del mar y los naranjos que llenaban los campos de alrededor.
Un buen día, el hombre de Africa se marchó sin despedirse y sin decir nada, tal y como había llegado. Nueve meses más tarde nació Malak, un ángel en su azarosa vida, un muchacho de color ceniza y que, a medida que iba creciendo, ganaba en fortaleza, siendo así que, a Fulbia, cada vez le recordaba más a su padre, especialmente en la mirada y en las manos.
Años más tarde, Fulbia llegó a Roma, siempre acompañada de Malak, su hijo. Allí prosperó y su fama como cortesana y contadora de historias le permitió rodearse de lo mejor de la corte del emperador. Cuando el niño llegó a la pubertad, la mujer se dio cuenta de que el muchacho no podía seguir junto a ella y, aprovechando su relación con el tribuno Lucius Flavis, le dejó a cargo del esclavo jefe de los eunucos de las Termas. Allí, Malek creció al margen de los avatares de su madre, pero bajo su protección y vigilancia, a la vez.
Fulbia sonrió y abrió los ojos. Su amiga Minerva se mantenía expectante frente a ella.
-Fulbia, Fulbia- le llamó- ¿Dónde estabas?- le preguntó.
- ¿Qué, qué?- indagó la anciana saliendo de su ensimismamiento –Qué me decías?
- Te he preguntado si te habías dado cuenta del interés del eunuco por ti- prosiguió Minerva -¿en qué pensabas?- volvió a preguntar fijando sus ojos en ella.
Fulbia miró de reojo al joven de color ceniza y sonriendo maliciosamente le respondió:
- En los ángeles  y las naranjas de la playa de las palmeras-
Y volviendo a cerrar los ojos, se sumergió, de nuevo, en el agua dejando a una Minerva sorprendida.

Txema Olleta
17-06-11

viernes, 25 de noviembre de 2011

25 de noviembre, NO A LA VIOLENCIA MACHISTA

El arco iris a veces no es sinónimo de alegria.




viernes, 2 de septiembre de 2011

COMO EL BUEN VINO

¿Desde el 8 de julio sin escribir? ¡Eso no puede ser! ¡Qué descontrol!... 

Pero ¿qué estoy diciendo? !Qué desconsiderado! Perdonadme amigas y amigos, porque lo primero que tiene que hacer un anfitrión que se precie es dar la bienvenida a sus invitados, con más motivo después de unas buenas y merecidas vacaciones. Así es, un verano lleno de experiencias, complicado, al mismo tiempo, y con una sensación de corto y largo a la vez.

La verdad es que ya echaba de menos este espacio y a vosotros, por supuesto. Pero, especialmente, anhelaba la sensación de coger un bolígrafo y una hoja, y degustar el olor de la tinta, la textura del papel y el sabor (amargo o dulce) de un relato, una historia surgida de un sentimiento propio. Igual que si fuera un buen vino. Porque cuando escribo, lo hago desde el alma, sin preocuparme si es bueno o no, si va a gustar o no. Escribo por el simple placer de escribir y si, además, disfrutáis leyéndolo, el placer es mayor.

Si se trata de escribir o leer historias propias o de otras personas, yo siempre digo lo mismo: para mi el mejor relato del mundo es el que me gusta a mi en ese momento. Igual que el buen vino. Yo no entiendo de olores afrutados, ni sabores más o menos ácidos o texturas violetas o rojizas. Ni de reservas, crianzas o de año. Abro la botella y me sirvo, lo pruebo, lo saboreo y, si me gusta al primer trago, para mi es el mejor vino del mundo en ese momento (aunque a veces, es verdad, necesite probarlo un poco más). Y si tengo invitados a mi mesa, lo comparto con ellos porque yo pongo en mi mesa lo que creo que es el mejor vino del mundo. Igual que con mis relatos. 

Y si a esta mi casa, que es también la vuestra, alguno de mis invitados me trae su relato para compartirlo conmigo, para mi será el mejor relato del mundo en ese momento, y lo disfrutaré en mi mesa. Y, por supuesto, lo compartiré con vosotros y vosotras. Igual que con el buen vino

Así que sean vuesas mercedes bienvenidos y bienhalladas, de nuevo, y disfruten de esta su mesa.

viernes, 8 de julio de 2011

OJALA...

Por una vez (y os aseguro que no será la última), comparto este espacio con una amiga entrañable. Bueno, siempre lo comparto con vosotras y vosotros, pero esta vez de manera muy especial. Me gustaría que disfrutárais de este relato que ha escrito mi buena amiga Eva. A mí me ha encantado, sobre todo porque descubro a una mujer con una capacidad creadora enorme y, sobre todo, humilde. Sin más os lo presento y espero que lo disfrutéis tanto como yo lo he hecho.


OJALA

Sostuve tu mirada esquiva. Dijiste, con una voz que apenas pude reconocer, que no sabías si aún me querías, que necesitabas tiempo para pensar... Y entre el estruendo de los trenes que salían y entraban a la estación, te escuché decir que volverías. Sonó vacío, como suena el silencio.

Desearía no haber sabido que esa despedida era la última. Pero lo supe... con la certeza terrible que tienen los suicidas cuando se dan cuenta de que ya no hay vuelta atrás. Vi en tus ojos el cansancio, la desilusión y la mentira. Sentí el frío en tu piel. Lo supe, y tu último beso me supo a muerte.

En ese momento ni siquiera pude odiarte. Estaba demasiado acostumbrada a quererte, a buscar en ti lo tierno y lo dulce. Tan hecho mi cuerpo a buscar el tuyo, que ni la más dolorosa de las evidencias podía apartarlo de querer encontrarte en cada rincón del recuerdo.

Ahora, dos meses después de tu último abrazo, pienso que si hubieras muerto, yo podría seguir acariciando tu sonrisa en las fotos, en vez de tener que hacer pedazos todo lo que trae tu imagen. Con los ojos cerrados evocaría cada detalle hermoso que construí contigo, reiría recordando nuestras bromas privadas; mis lágrimas serían de cristal y no de sangre. Me tumbaría en la cama echando de menos tus manos, y me dormiría esperando encontrarte en los sueños. Seguirías siendo mi cómplice, y no mi verdugo.

Si ya no existieras, no sería enfermizo seguir queriéndote. No tendría que buscar mil estrategias para olvidar cómo olía tu cuello o que tus andares eran los más ridículos del planeta, pero los más encantadores... No necesitaría evitar tu mirada cada vez que aparece en mi memoria, y el recuerdo de tus besos no estaría teñido del miedo a que todo haya sido una larga mentira. Tu nombre no sonaría como el dolor, y las paredes de los lugares en los que hemos estado juntos, no me gritarían «Ya no te quiere, no eres suficiente para él, no eres suficiente...».  

Podría mirar al cielo intentando encontrar una estrella que brillara sólo para mí, en vez de sentir el vacío que me ha quedado dentro, después de que tú te llevaras todo lo que podía dar. Repasaría mil veces cada palabra que escribiste pensando en mí, y te creería de nuevo, en lugar de tener que odiarte por haber jugado conmigo a un amor de broma. Aún sabiéndola imposible, seguiría soñando con una vida a tu lado, y no me avergonzaría, como hago ahora, por haberla imaginado alguna vez. Guardaría, en los lugares más importantes de mi casa, tus libros, tus discos, tu ropa..., cada cosa pequeña que quedara de ti, para que nunca terminaras de marcharte... en vez de tirar todo lo tuyo, incluso el tiempo que vivimos, a la basura.

Ojalá te hubieras muerto..., así yo no tendría que matarte cada día.
                                                                                                                                                        Babattina

miércoles, 15 de junio de 2011

A LA SOMBRA DE TUS BRAZOS ME SENTE

A la sombra de tus brazos me senté,
mientras el suave murmullo del aire
me adormilaba recostado en tu tronco,
y las ramas de tu pelo acogían con ternura
los nidos donde se refugiaban las mariposas.

Tus raíces, fuertes, robustas y amorosas
se hacen una con las entrañas de la tierra,
y por encima, elevándose hacia lo infinito,
llenándolo todo de verde esperanza,
tus dedos, que suavemente me acarician.

Sombra que del sol duro y seco me protege,
bastón en el que apoyarme en mis desdichas,
arrullo que en tu seno me adormece
y, aunque de mi pecho salgan flores marchitas,
siempre estarás ahí, en la tierra clavada.

miércoles, 18 de mayo de 2011

LA NOCHE DE LA LUNA

Amaya le hizo una seña a Ramón, su técnico de sonido, indicándole que subiera el volumen de la música mientras ella se tomaba dos minutos de descanso. Se levantó despacio y se estiró mientras daba dos pasos por la cabina. Aquella noche parecía un poco aburrida a pesar de que el teléfono no había dejado de sonar desde que empezó el programa, sin embargo, algunas llamadas de mujeres, ya de cierta edad, con ganas de desahogarse y otra media docena de oyentes que querían dar consejos, no habían conseguido sacarla de su tono habitual, calmado y tranquilo con el que solía atender las llamadas. La verdad es que llevaba cinco años dirigiendo el programa y saliendo a las ondas y, a pesar de que el momento parecía propicio para las confidencias, pocas veces alguien había conseguido emocionarla o enfadarla. Le gustaba su trabajo, la gente llamaba y se sinceraba con ella, mujeres que volcaban su soledad y su angustia, hombres que buscaban consuelo y que mostraban su lado más sensible, ocultándose en el anonimato de las ondas. Ella solo hacía de intermediaria, no se implicaba, no tenía que hacerlo y tampoco quería.
Amaya se sentó de nuevo y se puso los cascos. Dejó que la música sonara un poco más y haciendo una seña a su compañero, dio paso a una nueva llamada. Era una voz masculina, suave y sugerente.
-Buenas noches, amigo escuchante- dijo Amaya con su voz suave y pausada. –Bienvenido al lugar de las almas nocturnas. ¿Qué podemos hacer por ti?- preguntó la chica.
- Buenas noches Amaya- respondió la voz -¿te has fijado que esta es la noche de la luna?
A Amaya le sorprendió la respuesta porque no era lo que oía habitualmente al comienzo de las entrevistas.
-¿Por qué dices que es la noche de la luna?- Preguntó Amaya intrigada.
-Porque estoy en la playa, paseando a la orilla del mar y una bella y gran luna blanca se refleja en el agua y la arena- contestó la voz masculina.
-¡Vaya!- exclamó Amaya- No sabes cómo me gustaría estar ahí y disfrutar de esa hermosura.
Lo que oyó a continuación la sorprendió.
-¡Estás aquí, conmigo, Amaya!- dijo con suavidad el hombre.
-Eso no es posible- respondió ella.
-Lo es. Solo con que tú lo desees. ¿Sabes?- prosiguió él mientras Amaya le seguía con atención –tienes unos pies muy finos y delicados.
A Amaya aquello le empezaba a divertir, y dispuesta a seguirle el juego le preguntó: -¿y qué hago ahora?-
- Estás tumbada boca arriba, el agua moja suavemente tu espalda y de vez en cuando una pequeña ola pasa por encima de la camisa de seda que llevas puesta- siguió él –por cierto, tienes unos pechos muy bonitos.
Eso a Amaya la pilló de sorpresa, se tocó el pecho cubierto por la fina camisa de seda que llevaba puesta y descubrió con rubor que sus pezones estaban erectos. No podía dejar que aquella llamada le hiciera perder el control.
-Cómo te llamas- preguntó ella dispuesta a retomar el control de la situación.
-¿Y perder la magia? No necesitas saberlo, el nombre solo es una marca que te ponen al nacer- respondió la voz – lo importante es sentir. ¿Tú sientes, Amaya?
Ramón asistía asombrado a aquella conversación y observaba en silencio y con discreción el efecto que la misma estaba produciendo en su jefa. Amaya intentaba mantener el control pero le estaba resultando difícil, especialmente al sentir una ola de calor subiéndole desde el vientre hasta la cabeza cuando aquel hombre siguió hablando.
-¿Sientes el calor de mi mano cuando te acaricio el cuello?- prosiguió él.
Entonces Amaya cerró los ojos y se dejó llevar, y sintió. El roce de los labios del hombre sin nombre en su cuello, acercándose a los suyos, mientras sus manos la rodeaban por la cintura y la acariciaban con ternura. ¡Aquella voz! La envolvía hasta embriagarla y ¡aquella luna!, aquella luna que la bañaba y hacía que su silueta desnuda se reflejara en la arena difuminando sus formas redondeadas.
La música se fue apagando suavemente mientras una trompeta tocaba sus últimas notas. Amaya abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor, en la cabina. Se sobresaltó y dudó si había sido un sueño o no. Se sentó de nuevo y se puso los cascos y una nueva llamada entró en antena. La voz suave y sugerente de un hombre la devolvió a la realidad:
 -Buenas noches, Amaya. ¿te has fijado que esta es la noche de la luna?

Txema Olleta

sábado, 9 de abril de 2011

NOTICIAS DEL PARAISO


La luna blanca ilumina los árboles,
Tu pelo dorado se evapora en el éter,
El arroyo deja caer las húmedas perlas de agua
Sobre la alfombra aterciopelada de tu piel.

La transparencia de tu mirada, me deja ver
Los intrincados recovecos de tu corazón,
Mientras mis dedos acarician el pájaro alado
Que se posó suavemente con noticias del paraíso.

El me habla de tormentos, de fuego apaciguado,
De silencios perfectos, de voces acalladas.
Me cuenta que tu pecho se expande,
Intentando atraparme entre sus paredes.

Me libero de mí mismo y me dejo apresar
Por tu pelo dorado, por tu piel aterciopelada,
Por los recovecos de tu corazón y tu pecho expandido.
Me dejo envolver, por las noticias de tu paraíso.
Txema Olleta

viernes, 1 de abril de 2011

IMAGINA, SIENTE, VIVE

La verdad es que últimamente me cuesta sacar tiempo para contaros cosas a través de este espacio. No es que no me guste hacerlo, es parte de mi vida, pero esta, a veces, me puede y me frena. Aún así, no quiero dejar de hacerlo. Quiero seguir imaginando, sintiendo, viviendo. ¿a través de mis relatos? ¡Por suspuesto!. Y también a través de la música. Mientras lo primero se abre paso a través de esa maraña cotidiana, comparto lo segundo, con vosotros, a través de dos Magos de la guitarra. Oidlos y disfrutadlos. Y haced lo mismo que yo: imaginad, sentid, ¡vivid!

miércoles, 16 de marzo de 2011

17 DE MARZO

La verdad es que cuando a uno le gusta la música, hay cosas que son un deleite. No os voy a aburrir con palabras y más palabras. 17 de marzo, Saint Patrick's Day, la fiesta de los irlandeses, un pueblo que me tiene subyugado y enamorado. Claro que todos los pueblos de la tierra me tienen enamorado. Pero a lo que iba, Irlanda. Quiero que celebréis conmigo este día, así que coged unas Guinness, unas jarras, y brindemos por la libertad. Con ellos, con estas tres joyas de la musika folk y The Dubliners.
Sláinte!









jueves, 10 de marzo de 2011

EL REENCUENTRO

¡Que si, que ya se que llevo un mes sin escribir...! Pero es que la vida no me da para más. El día que pueda dedicarme a escribir, ¡y solo a eso!, os vais a enterar. ¿Os acordáis de aquel relato que escribí hace algún tiempo sobre una idea que me rondaba la cabeza de crear una novela sobre una hermosa aldea de Asturias? Bueno, pues aquello fué eso, una leve idea. Pero ahora he dado un paso más allá, y aquí, en este mi reencuentro con vosotras y vosotros, os traigo lo que podría ser el argumento de esa novela. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, le voy dando forma a otro de mis proyectos. Aquí os dejo el adelanto. Que lo disfrutéis.


La luna llena iluminaba las calles de la ciudad de Nueva York, mientras Jane Smith y su marido Mark Hudson caminaban por la 5ª Avenida dirigiéndose a su apartamento. Jane apenas tenía 30 años y, aunque lo deseaba más que a nada en el mundo, no habían podido tener hijos. Estaban en los comienzos de la primavera y la noche, sin ser fría, dejaba sentir un frescor agradable y, a pesar de lo tardío de la hora, todavía se cruzaban con gente que iba y venía a toda prisa. Al dar la vuelta a la esquina con la 38ª, un perro no muy grande salió corriendo de una casa y se abalanzó sobre ella empujándola contra la pared, pero sin hacerla daño. El dueño, un anciano de tez arrugada y seca, y la espalda encorvada bajo el peso de los años, se acercó y mirando a Jane fijamente le pidió disculpas y separó al perro alejándose calle arriba. Jane se azoró porque en los ojos de aquel hombre había visto algo familiar.
-          ¿Estás bien?- Le preguntó Mark preocupado.
-          Si, si, tranquilo- asintió Jane – Vámonos a casa- le dijo, y estirándose la falda reanudó la marcha.
Al llegar al portal abrió el buzón y cogió la correspondencia. Cuando entró en la sala, lo primero que le llamó la atención fue una carta con el membrete de un bufete de abogados de Asturias, en España. El corazón se le encogió. Los recuerdos afloraron con fuerza a su mente, algunos muy difusos y otros muy claros, y entre ellos, con especial intensidad, el de su madre María, mientras se despedía de ella cuando se marchó de Peruyes junto a su padre, Peter Smith.
María y él se conocieron durante unas vacaciones en las que el americano quería visitar España. Se alojó en un hotelito de la pequeña aldea asturiana, se enamoró de María y, después de que la muchacha cayera en sus redes, nació Jane. María estaba enamorada de Pedro, su gran amigo desde la infancia y lo de Peter solo había sido un juego para darle celos. Lo único con lo que no contaba ella, era que acabaría perdiendo al gran amor de su vida. Un día, Pedro desapareció, y Peter, al enterarse del embarazo decidió quedarse. Con el paso del tiempo, a Peter el mundo de la aldea se le hizo muy pequeño, a él que estaba acostumbrado a las grandes ciudades, y le propuso a María irse con él y Jane a Nueva York. Pero María no estaba dispuesta a dejar su aldea. Había algo o alguien más que la retenían allí. Ella seguía esperando el regreso de Pedro y se negaba a irse. Finalmente Peter decidió volver a América llevándose con él a su hija. Al cabo de un tiempo, un buen día, Pedro volvió a Peruyes y María le confesó su gran secreto. En realidad él era el padre de Jane. Pedro, a pesar de los ruegos de María, volvió a irse pero esta vez a Nueva York en busca de su hija. No pudo encontrarla, y Pedro quedó engullido en el anonimato de la Gran Manzana.
Ahora le llegaba a Jane aquella carta y, reponiéndose del sofoco inicial, se dispuso a leerla. Le decía que su madre, María, había muerto y que en el testamento dejaba claro que tendría que volver a Peruyes a hacerse cargo de las tierras. Dos semanas después, Jane y Mark se bajaban del taxi que les había llevado hasta la aldea y se dirigieron al mismo hotelito donde años antes se había alejado su padre. El abogado les recibió en la puerta.
-          ¿Quieren visitar ya su hacienda?-les preguntó solícito.
-          Si, por favor- le respondió Jane con el pecho oprimido por la emoción.
Comenzaron a andar por la carreterita que unía las diferentes casitas de la aldea y al llegar a la más cercana a la ermita, Jane se quedó paralizada por la sorpresa. Un perro que le resultaba conocido salió corriendo de un corral y se abalanzó sobre ella moviendo el rabo con alegría. Un anciano asomó detrás de él y se quedó mirándola. Jane lo reconoció como el anciano con el que había cruzado su mirada en Nueva York hacía dos semanas. Pedro se acercó con las manos extendidas y cogiendo las de Jane la miró a los ojos. Tenían la mirada transparente de su María. Ella se dio cuenta que el gesto de la sonrisa de Pedro era, exactamente, el mismo que ella veía cada día cuando se miraba delante del espejo. Ambos se fundieron en un abrazo y cogidos de la mano entraron en la casa dispuestos a recuperar el tiempo perdido, mientras detrás de ellos, Mark sonreía maliciosamente.
Txema Olleta

jueves, 3 de febrero de 2011

LA MUJER QUE SUBIO UNA MONTAÑA Y BAJO UNA COLINA

María se desperezó estirando los brazos y sacándolos de entre las sábanas, se los puso por detrás de la nuca y, mirando fijamente al techo de su habitación, recordó lo sucedido en el último mes. La víspera había llegado a Santiago después de hacer el camino desde Roncesvalles. Parecía que había pasado una vida desde que salió de su casa en Madrid y, aunque el tiempo ya era frío y los días habían ido acortando con rapidez, no se había sentido, para nada, perdida en un mundo que parecía dormido a su paso. En ningún momento había experimentado la soledad que cabía esperar de esta época del año. También es verdad que eso es lo que había ido a buscar, un tiempo, un espacio, un instante para ella.

Lo primero que le vino a la cabeza fue el final, la llegada a Santiago bajo la fina humedad de la lluvia que les daba, a las piedras de las calles y casas, una bella imagen de espejos, y a su cuerpo una refrescante sensación de limpieza. Cuando entró en la Catedral, alguien estaba preparando el botafumeiro porque decían que a la misa de doce vendría un personaje importante. María se alegró de haber entrado en ese momento, cuando el silencio todavía imperaba en el lugar, lo que le daba al edificio una visión que impresionaba más todavía. Decidió refugiarse al calor de una pequeña capilla que había a la derecha del pasillo central. La verdad es que no sabía a qué santo estaba dedicada y, además, le importaba muy poco. Allí sentada, frente a su silencio, rememoró aquella mañana de aquel día de hace un mes, cuando cogiendo su bastón y una mochila que le pesaba demasiado porque estaba llena de demasiadas cosas, comenzó a andar con la firme convicción de que, si quería ser una mujer libre, debía afrontar sus propios obstáculos, tenía que convertir sus montañas en colinas.

Los primeros días del camino, la angustia, el temor y la desconfianza en sí misma oprimían su pecho, recordando la sonrisa irónica de su marido mientras le decía que no sería capaz de aguantar ella sola tanto tiempo. Según iba ganando en decisión los días siguientes, recordaba cuando él, al percatarse de que su marcha era inevitable, pasó de la ironía a presumir de que la dejaba irse porque era muy comprensivo. Eso fue la gota que colmó el vaso, ya de por sí lleno, de María. Sentada en aquella capilla, pensaba si la vida ahora con él sería de la misma manera, porque tenía muy claro que ella ya no era la misma, y un sentimiento de rebeldía se apoderó de su corazón.

Según fueron pasando los días su mochila se fue desprendiendo de lo que no era necesario y, cuanto más camino hacía, más liviana le parecía. Pisar con los pies descalzos la hierba de los campos, sintiendo en su piel el frescor del rocío y de la helada de madrugada, sentir en su garganta la calidez y el dulzor de un chocolate caliente en un bar cualquiera de una aldea cualquiera mientras hacía una parada para reponer fuerzas. Recibir la mano cálida de los escasos peregrinos que en un momento u otro se entrecruzaban con su vida y que, al igual que ella, intentaban convertir sus montañas en colinas.

Todo ello suponía para María experimentar sensaciones que nunca antes había tenido. Por eso. Ahora, tumbada en la habitación del hotel tenía claro que, si había sido capaz de llegar hasta allí, si había conseguido vaciar su mochila, si había subido montañas y bajado colinas, no podría quedarse. Del mismo modo que había sido capaz de afrontar su pasado, tenía que seguir adelante y enfrentarse a su futuro.

Se levantó y bajó a desayunar. Se preparó, llamó por teléfono a su marido y, cogiendo su mochila vacía y su bastón, siguió caminando hacia el oeste, hasta donde el sol se oculta. Un Camino en el que ahora ya solo había colinas.

Txema Olleta
3-12-10

jueves, 27 de enero de 2011

AL CESAR, LO QUE ES DEL CESAR... Y A DIOS, LO QUE ES DE DIOS

A raiz de mi último relato, "La partitura", publicado en este humilde blog, mi buen amigo Rafa, gran persona y excelente músico, me corregía (con todo cariño, es verdad) diciendo que no existe la clave de Re.
-"Existe la clave de sol, la clave de fa y la clave de do, pero las claves no cambian la fuerza musical. Son los tonos y los modos los que lo hacen, los tonos son do, re, mi, fa... y los modos son Mayor y menor. Sería más correcto decir que la canción antes la había escrito en Do Mayor y ahora estaba escrita en Re Mayor, lo que le da más altura y más fuerza"-  me dice. Genial la clase de música que me ha dado Rafa, y yo agradecido por recibirla. Démosle, pues, al Cesar lo que es del César.
-"¿Y Dios qué pinta en todo esto?"- Os preguntaréis. Pues muy fácil. El escritor es como Dios (salvando las distancias, claro). Cuando escribe, crea un universo paralelo donde da vida a personas, las mata y las vuelve a resucitar. Construye vidas, ciudades, montañas... y las vuelve a destruir. Sus personajes, a la vez que creen tener vida propia, hacen lo que "Dios" quiere que hagan. Y yo, amigos míos, cuando escribo, me siento como "Dios". Por eso, si mi historia dice que la partitura estaba en clave de Re, es que estaba en clave de Re, ¡faltaría más! Démosle, pues, a Dios lo que es de Dios. ¡Amén!

jueves, 13 de enero de 2011

LA PARTITURA


La lluvia caía fina al atardecer de aquel día de diciembre mientras paseaba por la Avenida, empapándome con la lluvia que llegaba de la desembocadura de la ría. Llevaba un buen rato caminando, sin fijarme en la gente que con más o menos prisa pasaba a mi lado en una u otra dirección. Al llegar al semáforo me detuve pero manteniendo la mirada baja, hacia el suelo, como queriendo enterrar mis pensamientos muy hondos en el asfalto.
Entonces la vi acercarse, volando, liviana, a veces arrastrándose por el suelo, una hoja de papel que llamó mi atención.
Lentamente me agache, la cogí y al darle la vuelta vi escritos en ella una serie de pentagramas, compases y notas  musicales.
En aquel momento me di cuenta de que aquella partitura tenía algo especial. No tenía ni titulo ni autor. Estaba hecha a mano y más bien parecía la obra de algún estudiante de música intentando hacer realidad sus sueños de compositor. Pero lo extraordinario era que estaba escrita en clave de Re.
La sequé con un pañuelo y doblándola con delicadeza la guardé en el bolsillo con la intención de tocarla en casa, más tarde.
Acabé el paseo mientras en mi cabeza bailaban las notas con sus sostenidos y bemoles y al llegar a casa, con impaciencia, saqué la partitura, abrí la tapa del piano y mis dedos empezaron a moverse por las teclas mientras mis ojos recorrían cada compás y notas allí escritas.
Según iba surgiendo el sonido de las cuerdas, algo familiar en la melodía me trasladó a mi juventud, durante las clases del instituto.
Me vino a la memoria ella. Aquella melodía me recordaba una canción que aquella mujer de mejillas sonrosadas y amplia sonrisa  había compuesto y siempre estaba retocando.
Y entonces me di cuenta. Aquella partitura era su canción, solo que en vez de en clave de Sol, que era como yo la recordaba,  estaba en clave de Re, lo que le daba a la melodía una mayor fuerza e intensidad.
Al día siguiente dejé de mirar al suelo buscando en cada rostro de los que se me cruzaban, el de Sonia.  Sabía que estaba allí, esperando que la encontrara. Aquella partitura tenía que ser suya y no podía ser una casualidad que hubiera llegado hasta mí.
Los días siguientes la busqué sin resultado. Ya empezaba a volver a bajar la mirada al suelo, cuando una niña que corría detrás de una hoja de papel se chocó conmigo. Ella se azoró y me pidió disculpas. Era pequeñita, regordeta, sus mejillas se sonrojaron y una gran sonrisa llenó su agradable rostro.
-  Disculpe señor, se me ha escapado la hoja.
Lentamente me agaché con la sorpresa en la cara y cogí la hoja de papel que señalaba la niña. Le di la vuelta y vi que era una partitura.
-  ¿Es tuya? – le pregunté cada vez más impaciente.
       -  No, es de mi madre. Ya es la segunda que se me escapa y me reñirá si no la recupero. – me respondió la niña.
Despacio me incorporé, le di a la niña su hoja y al mirar a la Avenida la vi, era ella otra vez, un poco más delgada,  quizá, pero con los coloretes en la cara y la sonrisa llenando su rostro.
Me miró y los bemoles  y sostenidos de la clave de Re bailaron y sonaron en torno nuestro.

Txema Olleta