domingo, 21 de noviembre de 2010

POR LA CALLE ABAJO


Jorge abrió la puerta de su casa y salió a la escalera. Dejó a un lado el carro de la compra y, dando un empujón a la puerta, la cerró de golpe. Vivía en el séptimo piso de una casa sin ascensor, la misma que le había visto nacer, allí arriba en la buhardilla. El sol entraba por la claraboya del tejado en una cascada de luz que iluminaba el patio interior.  Jorge se asomó por la barandilla, mirando hacia abajo, y cogiendo el carro en el hombro, bajó hasta el portal. El cristal de la puerta le dejaba ver el bullicio de la gente que subía y bajaba por la calle Iturribide y, abriéndola, salió al exterior.
Dejó el carro en el suelo y se dirigió calle abajo, hacía el Mercado de la Ribera, al igual que lo había hecho infinidad de veces con su madre en su infancia y juventud.
Aquella calle le traía muchos recuerdos. Pasó por delante del antiguo lavadero, donde con sus amigos, solía entrar a tirar piedras a las ratas que pululaban entre los escombros, y al llegar a la altura del bar “Los Tigres”, el recuerdo del olor de aquella salsa con la que servían el molusco volvió a envolverle haciéndole parar un momento. Desde aquel lugar podía ver perfectamente el efecto que hacía el comienzo de la parte estrecha de la calle, como si fuera la entrada a un túnel del tiempo.
Pasó junto a los bares de los chiquiteros, el callejón de los billares, donde jugaba a ser mayor saboreando a escondidas las partidas de futbolín. Se paró junto a la fuente que había saciado su sed tantas veces y al encaminarse a la salida del túnel aquel, le pareció oír otra vez las voces cantarinas de los niños en la escuela: uno por uno es uno, uno por dos es dos, uno por tres es tres… mientras Don Manuel y Doña Teresa les repartían con mucho cariño las botellas de leche Beyena.
Al pasar junto a la carbonería se detuvo un momento frente a ella para dejar salir al carro tirado por una mula que, lleno de carbón, se disponía a repartirlo entre las cada vez más escasas cocinas que aún utilizaban ese carburante.
Jorge por fin salió de la penumbra de la calle y la fuerza del sol le deslumbró haciéndole volver a la realidad. El viejo cine Gayarre ya no estaba allí, y con dolor pareció darse cuenta de que acababa de atravesar parte de su pasado, un espacio de su vida que no volvería. Reanudó de nuevo su marcha y enfiló por la calle Tendería, tras pasar por delante de los Santos Juanes, donde volvió a sentir en el paladar el sabor del vino consagrado y bebido a escondidas en la sacristía después de cada misa en la que ejercía de monaguillo.
Desde el final de la calle le llegaba el ruido del ajetreo del Mercado, con los camiones cargados de frutas y verduras, aparcados como podían, mientras las señoras hacían equilibrios para cruzar la Ribera sin que les atropellase el trolebús. Jorge esperó a que se pusiera verde el semáforo mientras una sonrisa asomaba a su rostro recordándose a sí mismo tirando del cable trasero del trole y escapando a todo correr mientras el conductor salía enfurruñado del autobús y lo colocaba de nuevo en su lugar acordándose de esos malditos críos.
El semáforo se puso verde y Jorge, cruzando la calle, entró en la planta del pescado dirigiéndose al puesto que, desde hacía años y al igual que su vida, parecía que se heredaba de padres a hijos.

Txema Olleta
5-02-10

domingo, 7 de noviembre de 2010

TXAKUN-TXAKUN TXALAPARTA

Los que me conocéis sabéis que una de mis mayores aficiones (después de escribir) es la Txalaparta. Ese maravilloso instrumento que tiene mucho de mágico diálogo entre la tierra (representada por la madera) y el aire, entre lo interior y lo exterior. Un diálogo en el que las makilas danzan sobre los tablones como mariposas en el aire, movidas en perfecta armonia por los txalapartaris. No los golpean sin más, los acarician sacando de ellos los sonidos y los ritmos en una danza de armonia y respeto por lo que son cada uno.
Y si alguien ha hecho de la txalaparta un instrumento de integración y de interculturalidad, ha sido Oreka TX. La han sacado del caserío para darle una entidad que antes no tenía, porque ese diálogo, antes limitado, ahora se ha convertido en un todo armonioso donde tienen perfecta cabida los sonidos del Ganges, del Africa, de cualquier parte del mundo, junto con los de nuestra gente, nuestra tierra. 
Hoy me salgo un poco del guión habitual y me atrevo a deleitaros con esta grabación de Oreka TX con Aziza Brahim, todo un regalo para los oidos y el espíritu. Con esto espero que sintais, como yo, la magia de la txalaparta.





martes, 2 de noviembre de 2010

LA BODA

Dicen los que todavía me leen, que tengo un poco abandonado este mi espacio virtual. Puede que tengan razón, y hasta es posible que, incluso, se la de. Este tiempo, desde mi último post, no he dejado de escribir, eso os lo garantizo. También es verdad que ha sido un mes lleno de sucesos, experiencias y en cierto modo, esa ha sido mi manera de escribir en ese blog virtual que es la vida. Quizá la experiencia más enriquecedora ha sido tener el honor de ser invitado a una boda rumana. 
Veréis... Adriana es una mujer increible, como todas las mujeres que vienen a un país, extraño para ellas, buscando una mejor vida para sus familias. Adriana cuida de Andrea por las mañanas hasta que la lleva a la escuela, pero es también parte de la familia. Adriana y Valentin son rumanos aunque llevan ya tiempo en España. Ella entró en nuestras vidas como un soplo de brisa suave que apenas se hace notar, pero que siempre está ahí. Por eso, como homenaje a Adriana, a Valentín y a sus hijos Alin e Irina, me he permitido escribir esta breve historia y me gustaría compartirla con vosotras y vosotros, los amigos que soleis venir a esta mi/vuestra casa. Disfrutadla como yo disfruté de la experiencia.


"Son las 12,30 del mediodía. Me acerco a la puerta de la Iglesia, mientras la gente se arremolina en torno a ella. Como instintivamente, me toco el bolsillo superior de la chaqueta y me aseguro de que el pañuelo sigue ahí. Entonces llegan los novios, en un coche sencillo; tan sencillo como sus vidas, como mis recuerdos.
El día que llegó Adriana a nuestra casa, lo primero que me impresionó fué su mirada, llena de temor y misterio. Hablaba bien castellano, aunque ella nos pedía disculpas por su peculiar acento. Claro que tampoco se podía decir que hablara mucho. Precisamente sus silencios llenos de sencillez era lo que más llenaba la casa. Se movía como una sombra delicada y, cada vez que yo le decía algo, se sonrojaba como una amapola... o como una adolescente de 16 años. Aún así, supimos que venía de Rumanía y que su marido, Valentín, trabajaba en lo que podía.
Desde el primer momento, Andrea y ella encajaron a la perfeción. La paz que emanaba Adriana contrastaba claramente con la energía que desplegaba la niña, pero lo cierto es que, tanto una como la otra, se complementaban a la perfección. Por eso, cuando Andrea nos contó, como si fuera un secreto, que Adriana se casaba con Valentín, para nosotros fué una sorpresa y un descubrimiento a pesar de los años que llevaba en casa.
Ahora, mirándoles a los dos mientras se dirigen al altar, intento imaginar como fué su llegada a España, con su soledad, sin amigos en quienes depositar sus angustias. Nos alegró mucho cuando por fin se atrevió a contárnoslo y nos invitó a participar de esa parte de su vida.
Por eso heme aquí, a la puerta de la Iglesia, con un pañuelo en el bolsillo superior de mi chaqueta, no se muy bien si para Adriana, para Valentín, para Isabel... o para mi".