martes, 21 de septiembre de 2010

EL ARBOL Y LAS RAICES

La verdad es que tenía yo una deuda pendiente con mi amigo Pablo, autor del magnífico blog de viajes "La Rosa de los Vientos". Este verano he estado recorriendo su bella tierra, de la forma que solo se puede hacer: dejándome impregnar por sus gentes, sus paisajes y, sobre todo, por sus árboles, esos bellos y altivos olivos. He recorrido más de media España y siempre descubro rincones, parajes que no conozco y que me hacen disfrutar de un país con la diversidad de gentes, aromas y colores, como es el nuestro.
El leer su blog y verle a él hablar de su tierra con ese cariño que solo tienen los hijos por sus madres, me llevó a encaminar mi rumbo hacia Castellón, el Alto Palancia y, como no, Segorbe. Y como siempre, cuando uno se acerca a otras tierras, otros pueblos y otras costumbres, debe hacerlo con cariño y, sobre todo, con respeto.
Hay que patearse las calles, adentrarse en los rincones más ocultos, dejarse impregnar por la magia del lugar.
Y el Alto Palancia la tiene. ¡Vaya que si la tiene! Los pueblos medievales de Mora de Rubielos y Rubielos de Mora (tanto monta, monta tanto), que nos hablan de batallas entre señores feudales, la majestuosidad por sencilla del Salto de la Novia, en Navajas, metida de lleno en un cañón donde se mezclan las cascadas con los remansos donde los niños y mayores encuentran sitio para sus juegos junto a los peces del río, mientras estos plácidamente serpentean entre sus piernas. La hermosura de la cueva de La Vall d´Uixo, con su rio subterraneo navegable que nos transporta a un mundo mágico donde el silencio debería imperar, si no fuera por la sobreexplotación turística que está sufriendo el lugar (me permitirá mi amigo Pablo una pequeña crítica a esta invasión masiva).
Y por encima de todo ello, dos lugares especiales: La Sierra de Espadán y Segorbe, ambos unidos por los árboles y sus raices. La Sierra se me antojó un lugar lleno de misterio y belleza serena, con pueblos sencillos, gentes sencillas, con olor a aceite y queso. Tierra de olivos, ese árbol que clava sus raices hasta las entrañas de la tierra, para luego retorcerse hacia arriba como queriendo escapar de la opresión que lo mantiene atrapado en su pasado y su historia, al igual que las gentes que habitan la Sierra. Villamalur, Higueras, Eslida... pueblos que nos hablan de sobrevivir.
Y Segorbe, un pueblo que se quiere convertir en ciudad sin renunciar a su historia, de la que hablan, y mucho, sus piedras. Y alli, entre ellas, como queriendo rendir pleitesía a sus raices, junto al Castillo, encuentro un árbol imponente, con una oración que, como homenaje a estas tierras, a sus gentes y, especialmente, a sus árboles, me vais a permitir que os traiga a este humilde blog. Amigo Pablo, no pude conocerte personalmente porque no coincidimos, eso queda pendiente para otra vez, pero sírvame este recuerdo para mostrar lo que me llevé de allí.

ORACION DEL ARBOL

Amigo, escucha :

Yo soy la tabla de tu cuna,
la madera de tu barca, la superficie de tu mesa,
la puerta de tu casa.

Yo soy el mango de tu herramienta,
el bastón de tu vejez.

Yo soy el fruto que te regala y te nutre,
la sombra bienhechora que te cobija
contra los ardores del estío,
el refugio amable de los pájaros que limpian
de insectos tus campos.

Yo soy la hermosura del paisaje,
el encanto de la huerta, la señal de la montaña,
el lindero del camino.

Yo soy la leña que te calienta en los días de invierno, el perfume que te regala y embalsama el aire a todas horas, la salud de tu cuerpo y la alegría de tu alma.

Por último yo soy la madera de tu ataud.

Por todo eso amigo que me contemplas,
tú que me plantaste con tu mano y puedes llamarme hijo....

Mírame bien pero....

....¡ NO ME HAGAS DAÑO!.

Vizconde de Chateaubriand

sábado, 4 de septiembre de 2010

EL SINDROME PRECURSAL

Mira tu por donde, a lo tonto a lo tonto, se acabaron las vacaciones. Aquí estoy de nuevo, levantándome a las 7 de la mañana, yendo a trabajar, elaborando el plan de actividades familiares para este nuevo curso... inmerso en una vorágine que me devora cada setiembre. Y resulta que, nada más llegar, me entero de que tengo que tener el síndrome posvacacional (lo dicen los periódicos). Un escalofrío me recorre el cuerpo. Debo estar enfermo, porque yo no tengo esos síntomas: depresión por la añoranza del pueblo que se dejó atrás, ansiedad pensando en la jarra (helada, por supuesto) de 1/2 litro de cerveza que te tomabas todos los días con aceitunitas en la terraza del bar de la Chus , en los asaditos que te preparabas de costilla con patatas y luego bajabas a asarlos en el horno de la Chus (muy maja esta Chus, y muy completita). 
¡Esto es horrible! ¡No soy un ser humano normal! ¡Yo no tengo ese síndrome! ¡¡¡Lo mío es peor!!!
Estoy agobiado porque la niña empieza el ballet el mismo día que vuelvo de vacaciones. Estoy angustiado porque el otro niño tenía que haber empezado los entrenamientos de baloncesto dos días antes de volver de vacaciones, estoy esquizofrénico porque el mayor empieza la universidad y el curso de EGA al día siguiente de volver, porque todavía no he acabado de entrar en casa y ya estoy pagando las matrículas de los cursos, porque tengo que hacer ya mismo el planing de todas las actividades de este curso y algunas ya han empezado, porque en el trabajo tengo ya cola de "marrones" hasta los próximos dos meses, porque...
¡¡Ya se lo que es!! ¡Buffff, menos mal! Acabo de descubrir que lo tenemos muchos padres y madres. Es el síndrome precursal, si, ese que aparece siempre al comienzo del curso y que hace que todas las fuerzas recuperadas con la cervecita y los asaditos te duren menos que un caramelo a la puerta de un colegio.
La ventaja es que es imposible que los dos sindromes te ataquen a la vez. Generalmente el precursal se come al posvacacional. De todos modos a mi me da lo mismo,  estoy comido por los síndromes.