domingo, 20 de junio de 2010

JOSÉ SARAMAGO, UN ATEO MISTICO

Una amiga mía ha dicho de él que era un "ateo místico". Seguramente José Saramago no estaría de acuerdo con esa definición, pero yo si. Solo se entienden las cosas que nos ha dejado escritas, si lo vemos desde esa perspectiva. No es hora de homenajes, ni de llorarle, ni de despedidas. Seguramente el mejor homenaje que podemos hacerle es leer sus obras. Por esta vez no voy a decir nada más de él, especialmente porque se ha escrito ya y mucho. Yo, pobre aprendiz de escritor, no tengo más que traeros lo que de él ha escrito el teólogo José Tamayo en "El País". Me perdonaréis la extensión del texto, pero creo que su autor y la figura de José Saramago lo merecen, y porque comparto plenamente esta reflexión.

EN LUCHA TITÁNICA CON DIOS


"Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio". Esta definición de Saramago es la más bella que nunca haya leído o escuchado. Merecería aparecer entre las veinticuatro definiciones -con ella, veinticinco- de otros tantos sabios reunidos en un Simposio que recoge el Libro de los 24 filósofos (Siruela, Madrid, 2000), cuyo contenido fue objeto de un amplio debate entre filósofos y teólogos durante la Edad Media. Para un teólogo dogmático, definir a Dios como silencio del universo quizá sea decir poco. Para un teólogo heterodoxo como yo, seguidor de las místicas y los místicos judíos, cristianos, musulmanes y laicos, es más que suficiente. Decir más sería una falta de respeto para con Dios, se crea o no en su existencia. "Si comprendes -decía Agustín de Hipona- no es Dios".
Saramago compartió con Nietzsche la parábola de Zaratustra y el apólogo del Loco sobre la muerte de Dios y quizá pudiera poner su rúbrica bajo dos de las afirmaciones nietzschianas más provocativas: "Dios es nuestra más larga mentira" y "mejor ningún dios, mejor construirse cada uno su destino". Quizá coincida también con Ernst Bloch en que "lo mejor de la religión es que crea herejes" y en que "sólo un buen ateo puede ser un bueno cristiano, sólo un cristiano puede ser un buen ateo". Su vida y su obra fueron una lucha titánica con Dios a brazo partido que terminó en tablas, sin vencedor ni vencido.
En su novela Caín recrea la imagen violenta y sanguinaria del Dios de la Biblia judía, "uno de los libros más llenos de sangre de la literatura mundial", al decir de Norbert Lohfink, uno de los más prestigiosos biblistas del siglo XX. Imagen que continúa en algunos textos de la Biblia cristiana, donde se presenta a Cristo como víctima propiciatoria para reconciliar a la humanidad con Dios y que vuelve a repetirse en el teólogo medieval Anselmo de Canterbury, quien presenta a Dios como dueño de vidas y haciendas y como un señor feudal, que trata a sus adoradores como si de siervos de la gleba se tratara y exige el sacrificio de su hijo más querido, Jesucristo, para reparar la ofensa infinita que la humanidad ha cometido contra Dios.
El Dios asesino de la última novela de Saramago sigue presente en no pocos de los rituales bélicos de nuestro tiempo: en los atentados terroristas cometidos por supuestos creyentes musulmanes que en nombre de Dios practican la guerra santa contra los infieles y en la respuesta a dichos atentados por parte de dirigentes políticos cristianos que apelan a Dios para justificar la el derramamiento de sangre de inocentes en operaciones que llevan el nombre de Justicia Infinita o Libertad Duradera.
Tras estas operaciones, Saramago no podía menos que estar de acuerdo con el testimonio del filósofo judío Martin Buber: "Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan mutilada... Las generaciones humanas han hecho rodar sobre esta palabra el peso de su vida angustiada, y la han oprimido contra el suelo. Yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones humanas, con sus partidismos religiosos, han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre... Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra 'Dios'. Se asesinan unos a otros, y dicen: 'Lo hacemos en nombre de Dios'... Debemos respetar a los que prohíben esta palabra, porque se rebelan contra la injusticia y los excesos que con tanta facilidad se cometen con una supuesta autorización de 'Dios'". Yo también pongo mi rúbrica bajo esta afirmación de Buber.
La lucha contra los fundamentalismos, los religiosos y los políticos, es el mejor antídoto contra el Dios violento y contra la violencia en nombre de Dios. En esa lucha no violenta estuvo comprometido Saramago de pensamiento, palabra y obra. Su vida fue todo un ejemplo de ética solidaria. Bien merece nuestro reconocimiento. ¡Gracias, José Saramago!
Juan José Tamayo es teólogo y autor de La crisis de Dios, hoy (EVD, Estella, 2008, 3ª ed.)

jueves, 10 de junio de 2010

DE SOMPORT A PUENTE LA REINA, DE FUERA HACIA ADENTRO

Ya estoy otra vez de vuelta. Tal y como prometí. Ha sido fantástico, impresionante, hermoso, mágico... y podría utilizar cientos de calificativos, pero solo diré una cosa: no me ha defraudado. La verdad es que el Camino, sea cual sea, nunca lo hace, y en este caso, al descubrimiento del itinerario físico, hay que añadir que ha sido un encuentro continuo conmigo mismo. Unas veces gratificante, otras doloroso, porque el camino tiene estas cosas, no siempre es benévolo con uno, pero al final siempre enriquece.
Desde Somport donde la majestuosidad del paisaje te hace ser más pequeño y humilde, pasando por San Juan de la Peña, cuyo ascenso me hizo sufrir de lo lindo, como si tuviera que hacer una limpieza personal muy profunda, en la búsqueda de mi propio Grial,  para luego poder sentir la magia y la fuerza que llenan este lugar, incluso envuelto en la niebla. Pasando por Lumbier, donde la fuerza del agua lima las asperezas de los obstáculos más difíciles y se abre paso a través de ellos abriéndose camino; la hospitalidad, la paz y serenidad y la soledad de pueblos como Arres, Artieda o Undués, donde todavía es posible el encuentro contigo mismo. Y al final, el broche de oro, Santa Maria de Eunate, donde ha quedado recogido y sellado de nuevo mi pacto con el Camino: el del agradecimiento y el de mi propio renacimiento.
Han sido dias agradables, silenciosos, solitarios, dolorosos... Con muchas preguntas a las que buscar respuestas. De algunas la he hallado en las sendas, soledades y caminos de estos días. Otras me han sido respondidas a mi vuelta. Y el resto, estoy seguro de que llegarán más antes que después. El Camino no entiende de tiempo.
En todo caso he cerrado varios círculos, y eso es importante.
Os dejo algunas imágenes de las claves que me han traido a estos lugares. He escrito muchas cosas claro que si, y os prometo que las contaré, pero primero dejad que lo asimile.

SOMPORT


SAN JUAN DE LA PEÑA


SANTA MARIA DE EUNATE