martes, 22 de diciembre de 2009

SENSIBILIDAD MASCULINA

El otro día hacíamos, en el "Club de los Contadores de Historias" (tal y como con acierto lo llama mi buen amigo Gontzal) un relato en segunda persona, lo que se llamaría prosa poética. En mi caso es el relato que más abajo aparece. Pero el asunto es que, al darle forma al personaje, me salió el "tic" del hombre que tiene que demostrar a cada instante que es sensible. El tópico que nos persigue, al menos a unos cuantos, de que sensibilidad tiene nombre femenino, y a la hora de poner rostro a mi personaje, lo identifiqué, de manera inconsciente, con una mujer. Mis amigas del Club, en seguida me reprendieron con cariño y me recordaron que verlo así era una pérdida para mi identidad masculina, y que, de hecho, ellas también perdían bastante de mi.
Es verdad, mis buenas amigas, SOY UN HOMBRE Y SOY SENSIBLE. Me siento UNO con la tierra, el mar, el viento y el sol. Y no quiero renunciar a ello por el hecho de ser hombre (aunque sea inconsciente). Y me rebelo contra la tiranía que supone la negación impuesta por siglos de machismo (incluso potenciada por muchas mujeres) de mi propia sensibilidad. No quiero ser fuerte, ni duro, ni el patriarca de nadie. Quiero llorar y ser "débil". Quiero que me cuiden, que me protegan, pero sobre todo quiero sentirme querido por ser hombre.
Aquí tenéis mi relato, el personaje ahora es masculino.

GAZTELUGATXE

 Apagas el motor del coche y lentamente desciendes por la senda que se dirige hacia el puente que une la isla con la ladera de la costa. El sol empieza a esconderse tras la línea del horizonte impregnando de rojo el cielo. Levantas la vista hacia la ermita y la ves allá arriba, imponente, un castillo protector con la silueta recortada sobre el cielo púrpura.

Poco a poco cruzas el puente y comienzas a subir por las empinadas escaleras. Las olas golpean contra los acantilados y una suave brisa acaricia tu piel. Subes agarrándote a la barandilla de piedra sintiendo en tus manos el áspero tacto de la roca con una sensación de fortaleza y seguridad que te permite avanzar paso a paso con la mirada puesta en la cima.
Cuando llegas arriba te vas hacia la puerta principal de la ermita, por donde el sol sale y con una leve inclinación de cabeza, como con respeto, saludas al lugar donde la luz nace cada día. Despacio, rodeas la ermita y colocándote frente al horizonte, por donde el sol se esconde aguardando un nuevo día, levantas los brazos hacia el cielo y con el cabello ensortijado ondeando por la suave brisa del atardecer, cierras los ojos y la misma brisa te trae a los labios el sabor a salitre sintiendo en tu piel el suave frescor del aire. Eres uno con el mar, la tierra, el viento y el sol. Poco a poco vas descendiendo por la escalera de piedra, todavía ebrio de sensaciones pero firme en tus propósitos. Con un pitido del mando abres el coche y tomándote tu tiempo para ello, vuelves la mirada hacia la ermita situada en lo alto, ya envuelta en la penumbra, y con una sonrisa en los labios, entras en el coche y regresas a casa.