viernes, 27 de febrero de 2009

BAUTISMO

Agua de vida,

Vida en la luz,

Luz en la danza,

Es la danza del agua,

De la luz y la vida.

Es la Danza de Dios.

Txema O. (22-02-09)

 

LA RISA DE LOS DELFINES

Mikel vivía con sus padres y hermanos en la gran ciudad. Su gran ilusión era ir de vacaciones a casa de su abuelo, un viejo pescado que vivía en un pueblecito junto al mar. La felicidad de Mikel era inmensa cuando se sentaba junto a su abuelo frente al mar y éste le contaba historias sobre su vida y aventuras de marino. Las que más le gustaban eran las que se refería a los animales que vivían en el mar y que eran grandes amigos de su abuelo. Un día, estaban observando el mar y se les acercaron una pareja de delfines que acertó a pasar por allí. Los dos animales saludaron al abuelo de Mikel como solo saben hacerlo ellos: saltando de alegría y con una enorme sonrisa. Una vez se hubieron alejado los dos delfines, Mikel se quedó pensativo mirando al horizonte mientras su abuelo le miraba de reojo esperando la pregunta que su nieto le solaría, como cada vez que adoptaba esa actitud.

-    Abuelo, ¿por qué los delfines siempre están riendo?

Y el abuelo, suspirando, empezó su historia

Hace muchísimos años, en una isla muy lejana y remota vivían unos seres muy extraños, mitad peces mitad humanos.

¡No! No eran sirenas –cortó el abuelo a Mikel que había empezado a abrir la boca- eran otra cosa.

Cuando salían a tierra se convertían en humanos y cuando entraban en el mar volvían a ser peces. En apariencia se podría decir que eran felices porque disfrutaban de las delicias de las dos formas de vida, en la tierra y en el mar. Pero no era así. Estaban tristes porque cuando eran humanos no podían disfrutar de la placidez y la paz que reinaba dentro del agua y cuando se convertían en peces no podían disfrutar del calor del sol, de la belleza de la luna ni del colorido de las flores. Su problema era que ambas formas de vida eran totalmente incompatibles. Cada dos meses marinos, uno tenían que ser peces a la fuerza y el otro, humanos. No eran libres para decidir por sí mismos. Tenían un anhelo, poder disfrutar de ambos deleites a la vez.

Una noche, la más anciana de estos seres tuvo un sueño. Su pueblo podría conseguir lo que anhela pero tendría que pasar una prueba. El mes que estaban obligados a ser humanos tendrían que aprender a nadar, a respirar, a vivir como peces pero siendo humanos, y el mes que les tocaba ser peces tendrían que intentar vivir y respirar como humanos. Se oyeron murmullos en el grupo:

-    Eso es imposible -dijeron algunos

-    Nos ahogaremos todos –dijeron otros.

La anciana les calló y les dijo: el sueño me ha dicho que si lo anhelamos con todas nuestras fuerzas, no hay nada imposible. La capacidad de conseguirlo está dentro de nosotros mismos.

Con ese ánimo, el grupo se puso manos a la obra. Durante el mes que fueron humanos hicieron lo indecible por aprender a nadar, a respirar bajo el agua, a estar cómodos en ella. Algunos casi se ahogaron, tragaban agua, se hundían. Pero al final de ese mes, todos más o menos, consiguieron resultados aceptables.

El segundo mes, cuando fueron obligados a ser peces, sus intentos fueron por salir a la superficie, respirar fuera del agua, sentir el sol. Incluso se atrevieron a salir a la orilla y dar unos saltitos por ella. Algunos estuvieron a punto de perecer en el intento pero con la ayuda de los demás al final del segundo mes, los resultados eran más que aceptables.

Cuando llegó el comienzo del tercer mes, en el que volvían a ser humanos, la anciana volvió a reunir al grupo y les dijo que esa noche había vuelto a soñar y que había visto que su empeño había sido enorme pero que aún les faltaba un último esfuerzo, el más grande de todos. Tenían que subir a la roca más alta que había en la isla, una montaña que llegaba hasta el cielo, y venciendo al miedo que llevaban dentro y confiando en todo lo que habían aprendido, debían lanzarse desde lo alto hasta el mar. Superando el miedo que les embargaba, el grupo decidió que era el momento de lanzarse.

-    Ahora o nunca –dijeron al unísono.

 Dicho y hecho, subieron a lo más alto de la montaña que llegaba hasta el cielo y uno a uno se fueron lanzando al vacío, hacia el mar en un picado perfecto. Según iban cayendo una gran transformación se fue produciendo en ellos. Se estaban convirtiendo en peces, pero no como lo habían sido hasta ahora. Eran unos animales bellísimos, con unas líneas corporales muy estilizadas, en lugar de escamas tenían piel como los humanos, en lugar de agallas, podían respirar por la nariz como los humanos; en lugar de pies y manos, tenían una aleta como los peces y una cola muy potente. Descubrieron que podían nadar y vivir debajo del agua disfrutando de su paz y tranquilidad y que cuando quisieran podrían asomarse a la luz del día y sentir el calor del sol, la belleza de la luna y el color de las flores.

Desde entonces vivieron felices porque habían conseguido su anhelo y era tanta su alegría que, desde entonces, los delfines se pasan todo el día riendo de felicidad.

-    Abuelo –dijo Mikel que hasta entonces le había contemplado extasiado-  ¿eso quiere decir que si anhelo algo con mucha fuerza puedo llegar a conseguirlo.

-    Claro que sí –respondió el abuelo- si lo anhelas y luchas por ello.

Mikel se quedó un rato pensativo mirando al horizonte y su abuelo esperó la siguiente pregunta.

Abuelo –dijo el niño- ¿y por qué se llaman delfines?

-    esa es otra historia que te contaré otro día- respondió el abuelo.

Y el niño esperó con impaciencia esa oportunidad.

 

Txema Olleta

10-04-08

viernes, 13 de febrero de 2009

EL JUGLAR Y LA REINA

Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues si bien lo que aquí se relate en boca de aqueste humilde juglar pudiera parecer a los oídos de quien lo escuchare algo poco menos que una ilusión, no es menos cierto que lo ilusorio y lo real no son sino las dos caras de la mesma moneda.

Prestanse, por tanto, vuesas mercedes a colocar sus ilustres posaderas en lugar apropiado y disfrutar de aquesta historia que, tal y como a mi ha llegado, me dispongo a comenzar.

Dicese de un Rey llamado Alfonso, de número décimo y por muchos conocido como el Sabio por el gran conocimiento que albergaba su ilustre cabeza, según unos, sabiduría que iba pareja con su grado de soberbia, según otros. En todo caso, y es lo que a vuesas mercedes más debiera interesar para la historia que nos ocupa, el Rey Alfonso estaba desposado con una mujer que le hacía sombra en lo que a inteligencia se refería. De nombre Violante de Aragón, lo que indicaba su origen, era muy querida y respetada por sus allegados y súbditos, ya que, lo que a su real marido le sobraba de altanería a ella le desbordaba de sencillez.

Lo cierto es que Violante decidió que era menester que su marido, Alfonso, rebajara su grado de arrogancia en la misma medida que ascendiera el de humildad, del que el rey estaba tan necesitado. Está dicho y denlo por cierto vuesas mercedes, que doy fe de ello, que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, y la Reina Violante estaba presta a demostrarlo una vez más.

Pasó el crudo invierno con el Reino de Castilla cubierto por un manto blanco y tornó a regresar la estación en la cual las campesinas retozan alegremente con los muchachos en los verdes campos de trigo, cuando los juglares inundan los caminos de historias y música. Entonces es como si el castillo del Rey Alfonso recobrara la vida y el rey sabio se empeñara en enseñar al resto de los mortales las obras surgidas de su gran cabeza durante la época fria.

Las almenas se volvían a llenar de estandartes, y las salas del castillo, de Señores de los Condados cercanos, con más ganas de llenar el buche a costa de la despensa de su Rey, que el espíritu con sus poemas. Lo cierto es que la Reina Violante llevaba tiempo maquinando cómo llevar a buen término su empeño, y la llegada, un buen día, de un juglar, abrió un ápice de luz en su ya cansada testa. Créanme, vuesas mercedes, si les digo que aquel gañan, menos un juglar, parecía de todo. Rechoncho, torpe en sus movimientos y con unas historias que no causaban sino somnolencia en quien osara escucharlas. Pero a la buena reina le sirvió como idea. Convenció a su orgulloso marido para que convocara un torneo de juglares, y mediante batallas dialécticas encontrara un digno opositor a su regia persona.

Fueron enviados mensajeros, bocineros y aún la demás tropa de a pie por todas las aldeas, caminos y senderos. ¡Ah! Y castillos, no fuera cosa de que algún señor, envidioso de la capacidad de su rey, se quedara sin darse el gusto de ganar a su señor aunque fuese con la palabra.

Iban llegando juglares de todos los rincones, de los más cercanos y aún de los más lejanos. Algunos venían solos; otros, en cambio, acompañados de danzarinas y timbales a modo de parafernalia. Incluso se atrevió a meter el morro por allí algún que otro trovador, sin demasiado éxito, dicho sea de paso, porque de todos es bien sabido que, estos últimos, debido a su procedencia noble, tienen mucho de donosura, pero les falta mucho de la frescura y la travesura de los que vivimos en los caminos, lo cual, por cierto, me produce, una gran alegrura. Pero permítanme vuesas mercedes, que torne a mi relato.

De entre todos los que por allá dieron en pasar, a pesar de sus denodados esfuerzos, ninguno era capaz de superar en agilidad e inteligencia al Rey. Su esposa Violante empezaba a desesperar de encontrar la resolución a su empresa, hasta que un buen día acertó a pasar por el lugar un juglar que, cosa extraña, ni siquiera había tenido noticias de tal torneo. Su rostro era risueño, persona de tamaño más bien pequeño, pero con tal seguridad en el habla que denotaba una gran inteligencia. Divertido, aceptó participar en tan inusual torneo, y colocándose frente al rey con la cítara en las manos, inició un diálogo con canciones e historias que superaron en inteligencia, ironía y gracejo a las del Alfonso, más encorsetadas por unas normas que él mismo había tenido mucho empeño en imponer.

Con el ceño fruncido por el enfado, el rey no tuvo más remedio que aceptar su derrota. Levantándose de su asiento acercose al joven juglar y, dándole la mano, le pidió a este que le diera su nombre, puesto que no era cosa que el rey perdiera ante un desconocido. El juglar, sonriendo, quitose el sombrero y, descubriendo una hermosa y larga cabellera, se dio en llamar Luzmar. Grande y mayúsculo fue el estupor, no solo del rey sino aún también de Violante y toda la corte entera. No solo un juglar había vencido al sabio, sino que además era mujer.

Alfonso mudó en breve tiempo del enfado a la humildad pasando por el estupor y la humillación. Su triunfadora mujer, en cambio, pasó del estupor a la gratitud pasando por la carcajada. Alfonso, finalmente, se avino a admitir que era mejor ser un sabio humilde que un soberbio sabio. En seguida propuso a la juglaresa acogerse a la protección perpetua de la corte, pero Luzmar tenía bien claro que era mejor ser una juglaresa libre en las adversidades que una trovadora encadenada a las comodidades, porque de todos es bien sabido que las necesidades avivan el ingenio. Y cogiendo su sombrero, su cítara y un atillo con viandas, tornó a regresar a los caminos de dios y del mundo, en los cuales todavía anda.

Y ahora si vuesas mercedes a bien lo consideran y toman por cierta la historia que aquí inicia su final, ruegoles me dispensen unas monedas en aqueste mi sombrero, o una pocas viandas para mi buen yantar.

Txema Olleta, febrero 2009

LUCIA

Lucía inició su andadura por la orilla junto a la Ría. Había arribado a Bilbao, al paraíso, como solía soñar, hacía cinco años buscando una mejor vida y mandar plata a su familia. ¡Cuánto añoraba a sus hijos!, los cálidos abrazos nunca olvidados, y como algo muy íntimo, los nimbos color lila pálido, cuando a las mañanas muy prontito, la luz solar inundaba con calor y vida las cabañas y los caminos.

Lucía trabajaba sin parar, todos los días, todas las horas, sin contratos, sin continuidad, sin ilusión, sin ánimo. Sólo avivaban sus ganas por continuar, las cartas mandadas por sus hijos casi cada día. Cartas inundadas por la ilusión, la confianza y la convicción por una pronta tornada a casa.

Lucía caminaba por la orilla, junto al Zubi-Zuri. Las cuadrillas pasaban a su lado sin notar las lágrimas inundando su rostro. Había tomado una opción. Al pronto todo tornó a cambiar su color. Las nubarras hasta ahora con un color gris oscuro, mudaron a unos maravillosos nimbos color lila, y junto a la luz solar asomando junto a las nubarras, la hizo viajar hasta su pueblo, allá junto a las montañas andinas. Lucía iluminó su rostro y continuó su rumbo por la orilla ya con la ilusión futura alumbrando su vida.

Txema Olleta, 19-01-09

EL ULTIMO TREN

Sergio salió de su casa con intención de tomar el tren en dirección al pueblo de sus padres. Una voz interior le susurraba que algo estaba pasando y que él debía estar allí.

Su padre era el alcalde del pueblo y ya le habían llegado rumores de que la oposición le había puesto en el ojo del huracán. Cuando llegó a la estación le recibió el gran murmullo de la gente que iba y venía por los andenes. A su lado pasó un grupo de colegiales que, con gran bullicio, se disponía a salir de campamento.

Vió su tren justo cuando este comenzaba a andar con un gran pitido avisando de su marcha. Era una máquina vieja, de vapor. Las ruedas se movieron produciendo un chirrido que Sergio, absorto en sus pensamientos, no percibió. La campiña pasó ante sus ojos, al igual que su vida con sus padres en el pueblo. A lo lejos un trueno desveló que una tormenta estaba a punto de estallar. El traqueteo del tren aletargó a Sergio que se quedó medio dormido.

Cinco horas después el tren paraba delante de la estación de su pueblo. Su madre le esperaba en el andén y le recibió con los brazos abiertos. A la memoria de Sergio volvieron los recuerdos, cuando su madre le abrazaba y lo tranquilizaba cantando. Rápidamente se dirigieron hacia el Ayuntamiento. Las campanas de la iglesia repiqueteaban dando las horas en punto mientras una multitud se arremolinaba en la plaza formando un enorme griterío. En la puerta del edificio, la Banda Municipal tocaba una pieza de pasodoble que, más que música parecía un sonido estridente. Entonces se oyó el tintineo de una campanilla. El Alcalde apareció en la puerta con sus mejores galas ante un asombrado Sergio que no entendía nada.

Su padre había decidido presentar su dimisión y todo el pueblo lo estaba celebrando. No que él dimitiera, sino que le estaban despidiendo porque había sido el mejor Alcalde del pueblo desde los últimos 40 años.

Txema Olleta

27-08-08

PUB DICKEN`S

Susana trabajaba de cajera en el súper de su barrio. Era una chica muy despierta, como así lo reflejaban sus traviesos ojos. Era pelirroja y siempre peinaba dos coletas, una a cada lado que junto con unas preciosas pecas en sus mejillas le dotaban de una apariencia juvenil y dicharachera. Susana tenía, además, veinte años lo cual le daba, dicho sea de paso, credibilidad a esa apariencia.

Su trabajo era pura rutina, al menos eso parecía. Entraba, se sentaba en la caja, ocho horas pasando los productos y al final de la jornada salía de nuevo. En apariencia porque Susana se encargaba de romper la rutina hablando con las clientas. “que si hoy viene más tarde D. Santiago, que qué tal la gripe del niño, Margarita, que donde ha dejado a su marido Dª Tomasa”.

Pero había alguien más que tenía intrigada a Susana. Era un cliente habitual pero nunca había conseguido sacarle dos palabras más allá de los buenos días o las buenas tardes, en función de su turno. Llevaba gafas de intelectual, ni muy mayor ni muy joven, muy educado y respetuoso lo que le daba, a los ojos de Susana, una apariencia muy interesante. Ella le veía día tras día y estaba convencida de que tenía que ser un hombre honesto, integro, inteligente y buena persona.

La cajera no solo trabajaba, también solía acudir los fines de semana a un pub que había al final de su calle, al que llamaban Dicken`s en honor al ilustre escritor del mismo apellido, aunque casi ninguno de los parroquianos del local tenían la más mínima idea de quién era el susodicho. Lo más probable es que el nombre viniera del interés en dar al bar un toque irlandés.

Susana, como hacía otras veces, entró en el local acompañada de su mejor amiga con el único ánimo de mover un poco el esqueleto atrofiado por tantas horas sentada ante la caja registradora. Nada más entrar le llamaron la atención dos individuos mal encarados, fumando porros, que apoyados en la barra del pub miraban a su alrededor al más puro estilo John Wayne. Susana les miró, sobre todo porque no eran habituales del local y casi se le para el corazón de un susto. A pesar de las gafas negras en lugar de las de intelectual, a pesar de la ropa de cuero en lugar del traje elegante que lucía a diario, le reconoció enseguida porque le había visto día tras día detrás de su caja. Aquel hombre protagonista de sus sueños se convirtió, de repente, en protagonista de sus pesadillas. Especialmente cuando vio entrar al local a un grupo de adolescentes que, billetes en mano se dirigieron a su hombre quien sacó un paquete del bolsillo y se lo entregó. Susana se quedó paralizada. El hombre levantó la mirada y la dirigió hacia ella reconociéndola. Se levantó de la silla y se le acercó con las manos abiertas. Susana salió corriendo del local huyendo de sus peores temores. Miró hacia un lado y otro buscando ayuda. Unos cien metros más arriba vio una pareja de policías y se dirigió hacia ellos. En pocas palabras les contó que un individuo con mala pinta estaba vendiendo droga a jóvenes en el pub y que la perseguía para atacarla. Los dos policías corrieron hacia el local y llegaron justo cuando vieron salir al hombre con los brazos extendidos hacia Susana. Sin pensarlo dos veces, sacaron sus armas y cuando vieron que el hombre intentaba sacar algo del bolsillo de su pantalón, abrieron fuego contra él hiriéndole en el pecho y la pierna.

El revuelo que se armó fue enorme. Llamaron a la ambulancia y para cuando llegó, el hombre ya era cadáver. Susana se sentó en el bordillo de la acera, asustada todavía pero contenta porque había hecho un bien a la sociedad denunciado a un indeseable peligroso y que además le había roto su sueño.

- Si es que no te puedes fiar de nadie- se dijo a sí misma.

Se fue todo el mundo, solo quedó ella y una moto Harley Davidson aparcada a la puerta del pub.

- Alguien se ha dejado aquí la moto – pensó. Y decidió irse a casa a descansar.

Al día siguiente no leyó el periódico ni vio la noticia: “Joven de 30 años muerto a tiros debido a un error de la policía. Anoche un trágico suceso ocurrió a las puertas del Pub Dicken`s cuando un hombre aficionado a las motos Harley, fue acusado por una joven de vender droga a adolescentes. Dicho hombre, dueño de un taller de motos y de reparaciones, fue tiroteado por la policía al intentar sacar las llaves de su moto. La policía investiga los hechos y busca a la joven causante de la falsa denuncia”.

Txema Olleta

23-06-08

LOS NUKAK

Hace ya tres años que murió nuestro hijo Lucas. Tenía solo tres años cuando le detectaron una enfermedad incurable, y para entonces ya era demasiado tarde. Lucas murió al mes de iniciarse su proceso y nosotros con él y ambos llevábamos tres años enterrados en vida. Pero hay una voz interior me dijo que no podíamos continuar así y estaba decidido a iniciar con Lucía, mi compañera, un viaje que siempre hemos querido hacer y que, por algún motivo que no acierto a comprender, sentí que me llamaba: Amazonia. Necesitábamos desenterrarnos, volvernos a encontrar a nosotros mismos para devolverle el sentido a nuestra vida.

Sin embargo Lucía se negó a salir de su nicho y por tanto llegué a la conclusión de que primero debía realizarlo yo y luego intentaría regresar por ella.. En un mes estaba inmerso en la excitación propia de los preparativos de un viaje tan importante para nosotros, y al cabo de dos meses me veía en un avión rumbo a Bogotá, inicio de mi viaje, comienzo de mi propia resurrección interior.

Al llegar a la capital colombiana me recibió el sofocante calor propio de la estación en la que iba. Colombia es un país lleno de color y música pero también de bullicio y soledad entremezcladas especialmente para alguien que, como yo, lleve consigo el dolor y la incertidumbre. Nada más llegar me dirigí a mi hotel con ánimo, no solo de dejar las maletas y darme una ducha, sino también el de indagar acerca de las posibilidades que tenía de adentrarme en la selva amazónica. El hotel, tal y como estaba construido parecía salido de una película de aventuras como las de Indiana Jones, sólo que este tenía el sello especial de que era mi oasis particular y además real. Por supuesto estaba construido totalmente de madera, y se le veía tan viejo y a la vez tan entrañable como al anciano que atendía detrás del mostrador. Tenía una mirada tan acogedora y profunda a la vez que por un momento tuve la sensación de que cuando me miraba llegaba a captar hasta mi alma.

Por sus rasgos, evidentemente era indígena y prometió darme información sobre lo que necesitaba saber. Esa noche, después de cenar, se sentó junto a mí. El bullicio del día había cesado y una música de fondo, junto con el silencio del lugar dieron pie a las confidencias. Le conté nuestro dolor, lo de Lucas, nuestra desesperanza, mientras él me miraba con la intensidad de sus ojos como si intentara descubrir lo que había en lo más profundo de mi ser. De repente sonrió. Y me contó que él era originario de un pueblo que vivía en la selva amazónica colombiana, frontera con Venezuela. Tuvo que emigrar a la capital porque los madereros estaban acabando con la riqueza de su pueblo, la misma selva. De manera enigmática me ofreció ir a conocer a su gente y de paso me pidió que les llevara unas cajas que tenía guardadas para ellos. A mí me daba igual ir a un sitio u otro de la Amazonia y, de alguna manera, algo me decía que tenía que ir.

A primera hora de la mañana tomé un viejo tren de vapor que se dirigía a San José del Guaviare, comienzo de mi aventura amazónica. El anciano me despidió en el andén como si quisiera asegurarse de que me iba. Con un estridente chirrido, el tren comenzó a andar mientras el anciano me decía adiós con la mano y una enigmática sonrisa. Con el traqueteo del tren me fui adormilando hasta que otro potente chirrido me despertó en la estación de San José. Al bajar del tren me sorprendió el bullicio de la estación pero sobre todo el sofocante calor. Estaba anocheciendo cuando decidí bajar hasta las barcazas que, a través del río Guaviare, me iba a acercar a mi objetivo. La niebla bañaba el río dándole un ambiente embriagador que llenó de paz y calma mi espíritu. No me costó mucho encontrar un joven, que muy dispuesto por unos pocos dólares se ofreció a llevarme río abajo hasta Puerto Inirida, final de esta primera parte del viaje.

La travesía por el río duró cuatro días. Según iba avanzando, la belleza, la frondosidad y la grandiosidad de la selva se iban adueñando de mí. Una mezcla de fragancias y olores penetrantes invadía mis pulmones y mi espíritu. Según íbamos penetrando en la profundidad de la selva, la majestuosidad de los árboles se imponía sobre mi pequeñez humana. La riqueza de los colores desbordados de las flores, plantas y aves que poblaban el entorno, contrastaba con la miseria humana de los madereros que veía como esquilmaban tan grandiosa riqueza. Los rojos, amarillos, naranjas y violetas de los pájaros, se entremezclaban en un baile de colores con la infinita gama de verdes de los árboles y la maleza, reflejado en el agua del río junto al azul celeste, transparente y tranquilizador del cielo. Mi joven y moreno capitán tarareaba una canción indígena que penetraba en mi corazón a la vez que los chillidos estridentes de los pájaros. Esta mezcla de sonidos, olores y colores me iba produciendo el despertar de mis sentidos durante tanto tiempo anulados.

Al atardecer del cuarto día, llegamos a una ensenada justo en la confluencia de los ríos Guaviare e Inirida, puerta de entrada a nuestro nuevo mundo. Puerto Inirida era una aldea indígena situada en la frontera con Venezuela. Pequeña pero grande a la vez, comparada con las aldeas pequeñas habitadas por las tribus que se dispersan por toda la serlva. Mi primer trabajo después de situarme en una pequeña choza, fue hablar con el jefe de la tribu para que algunos de sus hombres me ayudaran a llegar hasta el poblado objetivo de mi viaje, y poder cumplir el encargo que me había hecho el anciano. No se cual sorpresa fue mayor, si la del Jefe cuando le dije que aldea buscaba o la mía cuando oí lo que me respondió. Cuando supo que iba hacia la aldea de los Nukak, con cara de asombro me miró y dijo:

- ¿Los Nukak? ¿Quién le ha contado a Vd. esa historia? Nadie sabe si existen o no. Quien busca a los Nukak, va detrás de una quimera.

Inmediatamente oí resonar en mi corazón las palabras del anciano:

- Búsquelos, están ahí, ellos le necesitan a Vd. y Vd a ellos.

A pesar de las reticencias del Jefe de la aldea y gracias a mi perseverancia conseguí convencerle y me permitió llevarme a tres hombres que me ayudaran con las cajas. Al día siguiente, de madrugada, iniciamos la marcha hacia algún lugar entre Puerto Inirida y Maroa. Por primera vez desde hacía tres años llevaba conmigo la esperanza de un final a mi dolor. Algo me decía que los Nukak estaban ahí y con ellos mi regreso al mundo de los vivos.

Durante tres días estuvimos andando por un sendero que se me hacía interminable. Lo que en el río me parecía majestuoso, aquí se me hacía agobiante. La selva cerrada parecía rechazarme y los ruidos que de ella provenían me hacían daño en los oídos, en el cerebro y en el corazón. El cielo plomizo no hacía sino agravar mi sensación de derrotado. Totalmente desesperanzado al cuarto día acampamos en un claro que se abría en medio de la maraña de la espesura. Esa noche no paraba de dar vueltas en el suelo, estaba extrañamente excitado con la sensación de que algo iba a suceder. De repente los ruidos cesaron y el silencio se adueño del lugar. Un silencio espeso, sobrenatural. Entonces un trueno estalló en el cielo y fue el preludio de un gran diluvio de agua que nos empapó. Llovió sin parar durante cinco horas, como nunca había visto llover. A la vez que el agua nos iba empapando fue como si se llevara algo más que tenía dentro y que me estaba ensuciando. Yo sentía que algo se limpiaba dentro de mí, el olor a tierra mojada y limpia y a ozono inundó todo mi ser. A la vez veía como las nubes se iban disipando dando paso a un hermoso cielo lleno de estrellas y, alumbrado por la luz de la luna, descubrí en un extremo del claro al anciano que me había despedido en San José.

Acercándose a mí me dijo: -te estábamos esperando-

Lentamente me guió a través de la espesura hasta una aldeíta situada junto a un riachuelo donde unos trescientos indígenas nos aguardaban cantando y bailando. El anciano se paró delante de mí y mirándome con esa mirada que llegaba hasta mi alma, sin palabras me hizo comprender la verdad. La pérdida de nuestro hijo Lucas nos había hecho mucho daño pero nada comparado con el daño que el hombre blanco había llevado a su pueblo, me estaba pidiendo que me quedara a ayudarles a recomponer su vida. Allí delante de mí había muchos Lucas que curar, muchas cosas que aprender y que enseñar. Comprendí que había encontrado un sentido a mi vida y decidí volver en busca de Lucía para compartir con ella ese futuro que nos aguardaba con los Nukak.

Txema Olleta

LOS COMPLEMENTARIOS

Muchas veces me he preguntado el sentido de mi existencia. Unas veces soy de pasta, otras de metal y puedo ser, incluso, de madera. Me pueden doblar, romper, recoger, desplegar. Sirvo de soporte a mis compañeros ¡Ellos sí que son importantes! Les dan la vista a nuestros dueños, los humanos. ¡Qué simple y vacía parece mi forma de vida!

Pero como en todo, amiga lectora, la existencia de las cosas tiene una connotación mucho más compleja de lo que a simple vista parece. Mis compañeros y yo somos uno en la individualidad. Ellos no son nada sin mí y yo no soy nada sin ellos. Ellos permiten la percepción de la belleza de los colores, de las formas, de las dimensiones. Yo les transporto, les protejo y les coloco en el lugar adecuado para realizar su función.

De nosotras depende que nuestro dueño se sienta bien o mal consigo mismo. Podemos realzar la belleza o la fealdad. Nosotras hacemos a las personas gordas o delgadas, altas o bajas, serias o alegres. Mostramos lo mejor y lo peor de nuestros dueños porque los ojos son el espejo del alma, y nosotras somos la ventana por donde esos ojos se asoman y se reflejan.

Cuando el sol golpea con toda su fuerza e intensidad, nosotras cubrimos de un manto protector, como si de una cortina vaporosa se tratara, los ojos de nuestro dueño. Cuando la noche se adueña de la vida, necesitamos ser transparentes para que los ojos puedan apreciar con toda nitidez el lado oscuro y el alegre de los hombres. Ayudamos a descubrir el mundo en la infancia, bailamos, estudiamos y les ayudamos a seguir creciendo en la juventud. Mantenemos viva la esperanza en la madurez y, finalmente, nos despedimos con la satisfacción del trabajo bien hecho, cuando llega la hora de la partida.

Pero si algo da sentido pleno a nuestra existencia, es el sentir el reconocimiento y el cariño con que nuestros dueños nos guardan en la funda al acabar la jornada, día tras día. El simple hecho de mirarnos, limpiarnos, plegarnos con delicadeza y meternos en la funda. En ese gesto hay mucho de agradecimiento y de amor. Descansar arropados al calor acolchado de nuestra cama, sintiéndonos protegidas y felices por hacer felices a los humanos.

Es, entonces, cuando cobra todo su sentido nuestra existencia.

Txema Olleta

16 de mayo de 2008

EL TRASLADO

Patricia y Víctor se levantaron muy nerviosos esa mañana. Era el día, el gran día. Llevaban más de dos meses viviendo en casa de los padres de él debido a que, un buen día decidieron darle la vuelta a su vida, y no se les ocurrió mejor manera de hacerlo que empezar por su casa, su hogar desde hacía 27 años y que ahora compartían con sus tres hijos. La envergadura de la obra supuso el traslado de toda la familia y, por supuesto el vaciado de todas las cosas que tenían dentro.

Y ahora, cuando estaban a punto de volver a su hogar, Patricia recordaba las sensaciones y sentimientos que les habían embargado a ambos mientras llenaban las maletas , hacía ya más de dos meses, y que juntos habían compartido como tantas otras cosas en su vida. Habían estado llenando cajas a la vez que vaciaban armarios. 27 años de su vida fueron pasando de los cajones a las cajas; 27 años de experiencias irrepetibles, de alegrías, de sufrimientos. Allí estaban los apuntes de un curso que hicieron los dos, las fotos de su boda, los análisis de su hijo cuando, de pequeño, le detectaron una grave enfermedad. Más apuntes de más cursos compartidos; papeles y más papeles de escritos comprometidos y guardados con mucho cariño. Patricia y Víctor siempre supieron que, desde que se conocieron, habían creado a su alrededor una especie de círculo protector que les había ayudado a superar las adversidades, y eran muy conscientes de que esa protección se había extendido a su hogar y a los que en él convivían. Por eso el hecho de vaciar su casa les había creado un cierto desasosiego porque les había hecho sentir como si rompieran ese círculo. Aún así habían tomado la decisión porque intuían que eso era lo que tenían que hacer.

Salir de su casa, para ellos, había sido un poco como morir y, ahora, al regresar, Patricia tenía la sensación de volver a renacer. Tendrían que reconstruir ese aura protectora, pero eso no les costaría demasiado gracias al círculo de amor que habían ido construyendo con sus tres hijos y que ni siquiera el traslado había conseguido romper.

Sabían que, aunque volvieran a meter otra vez toda su vida en los armarios algo habría cambiado, porque nada estaría colocado como antes. Pero sobre todo, lo que más ilusionaba del regreso a Patricia, a ambos, era que, lo colocaran como lo colocaran, en esos armarios habría más sitio para seguirlos llenando con sus vidas; porque lo positivo del traslado era que éste les había permitido deshacerse de las amarguras, de aquello que les había producido dolor y quedarse con lo que realmente importaba. Y además, les había permitido hacer hueco para seguir viviendo.

Txema Olleta

18-04-08