lunes, 27 de octubre de 2008

ANDREA Y EL ARCO IRIS

Andrea acababa de cumplir siete años. Era una niña preciosa, tenía el cabello rubio como el oro, se peinaba una coleta en el lado derecho que le hacía parecer una niña traviesa y poseía una sonrisa picarona y transparente, pero lo que más llamaba la atención de las personas que conocían a Andrea, eran sus ojos. Ella era rubia, pero sus ojos eran marrones y le dotaban a la niña de una mirada con una profundidad inmensa. Esa mirada hacía de Andrea una niña muy especial
Vivía en una aldea pequeña situada en un pequeño valle en las montañas, a la vera de un riachuelo. Su vida era feliz rodeada de las personas que la querían: sus padres, sus dos hermanos, sus amigos… Como cada día, Andrea se dirigía de la escuela a casa por el camino más cercano al río. Había llovido y el sol empezaba a brillar por encima de las nubes y Andrea se sentó en una piedra dispuesta a disfrutar de nuevo de un espectáculo que la fascinaba cada vez que se producía: la aparición del Arco Iris. Esperó pacientemente pero el arco no aparecía. Andrea se dio cuenta de que algo raro estaba pasando y se quedó muy preocupada, tanto, que no se dio cuenta de que, a su lado, había un enano verde que se estaba tronchando de risa mientras miraba al cielo vacío sin el Arco Iris. Fue cuando este dio una gran risotada que se percató de su presencia. Andrea se fijó en él y le dijo:
- ¿De qué te ríes?
- De que no hay Arco iris – dijo Simón, que así se llamaba el enano.
- ¡Pues no le veo la gracia! – contestó Andrea muy enfadada – Si no hay Arco Iris se apagarán los colores de la Tierra.
Entonces Simón se quedó helado y dejó de reírse, dándose cuenta de la gravedad de la situación. Entristecido y arrepentido le contó a Andrea que vivía en la tierra del Arco Iris con sus padres y hermanos. Los padres de Simón tenían como misión crear el Arco Iris cada vez que llovía y salía el sol. Esta misión se la había encomendado la Reina del Arco Iris entregándoles un hermoso bastón dorado con el que lo construían. Cada vez que llovía y hacía sol, la madre de Simón cogía con el bastón los rayos del sol y el padre los volvía a lanzar a través del agua de la lluvia creando ese hermoso abanico de colores.
Simón pensaba que no había en el mundo trabajo más tonto e inútil que ese, y un día que se había enfadado con ellos porque querían hacerle comer pescado, cogió el bastón dorado y lo escondió. Y por eso, ese día no hubo Arco Iris. Andrea se enfadó muchísimo con él y le explicó que ese trabajo era muy importante porque gracias al Arco la tierra, las personas, los animales y las plantas estaban llenas de colores. Pero lo que más convenció a Simón fue darse cuenta de que él mismo estaba perdiendo el color verde. Inmediatamente fueron los dos corriendo al lugar donde Simón había escondido el bastón dorado y para asegurarse de que se acababa la travesura, Andrea acompañó a Simón hasta su casa. Según iban andando el verde brillante de las plantas se iba convirtiendo en verde pálido y los colores de las flores se iban apagando.
Cuando Andrea y Simón llegaron a la cabaña de los enanos, se encontraron a los padres de Simón de un color gris pálido. Su padre llevaba en la cabeza un enorme sombrero de copa totalmente descolorido, igual que el gran pañuelo que llevaba su madre en los hombros. Al ver a Simón, no sabían si reñirle o abrazarle, así que optaron primero por lo segundo y segundo por lo primero. Seguidamente cogieron con rapidez el bastón dorado y, la madre, dirigiéndolo hacía el sol cuyo color también se estaba apagando, cogió los rayos que quedaban. Rápidamente le pasó el bastón al padre de Simón y este, señalando hacia las escasas gotas de lluvia que permanecían, lanzó los rayos con fuerza contra ellas.
De inmediato se produjo el milagro, un hermoso Arco Iris, el más hermoso que Andrea jamás viera, empezó a formarse. El cielo se lleno de colores, Simón volvió a ser de un verde brillante, su padre mostro un hermoso color azul, al igual que su flamante y enorme sombrero de copa; su madre era de un radiante color lila y por la puerta empezaron a salir sus hermanos y hermanas, cada una de un brillante color. La tierra, las flores, las personas, los animales, todo recuperó color y vida. Simón no volvió a pensar que era un trabajo tonto e inútil.
Pero también Andrea sintió que algo cambiaba dentro de ella; sus ojos hasta entonces marrones se habían transformado en dos hermosos Arcos Iris, lo mismo que su mirada que, a partir de ahora, además de ser intensa y profunda, estaría llena de color porque en su interior brillaba la Reina del Arco Iris.

Txema Olleta
27 de Marzo de 2008