jueves, 18 de mayo de 2017

NON HAGO... ARANTZAZUKO ARTZAINA?

Este fin de semana se rinde homenaje a un gran hombre, un gran montañero, un gran aita, un gran esposo y compañero... en suma, una gran persona. Se rinde homenaje a mi primo Alfre. Hacía muchos años que le había perdido la pista. A mis recuerdos afloran mis años de niñez, en aquella casa grande de la calle Iturribide, donde una recua de mozalbetes compartíamos juegos, travesuras y vida en la calle. Llenábamos el edificio y la calle de risas, jolgorio. Nosotros, mis hermanos y yo les tirábamos cosas desde nuestra buhardilla en el séptimo "cielo", como le llamaba yo, y luego bajábamos corriendo las escaleras de 4 en 4 para recogerlas en el fondo del patio.

Alfre, junto con mi hermano el pequeño formaban parte de la cuadrilla txiki y nos miraban con ojos de admiración a los más mayores por nuestras osadías haciéndole trastadas a Benita, la portera.

Y los txikis fueron creciendo y madurando. Algunos se hicieron inseparables, como mi hermano Oskar y Alfre. Nació en ellos su gran pasión por la montaña y la naturaleza. Aprendieron que a veces la vida te pega duro, como cuando tuvieron que afrontar la muerte de Eloy, uno de sus mejores amigos, en la montaña, algo que les marcó durante mucho tiempo. Pero ellos siguieron adelante, con su espíritu acompañándoles durante muchos años.

Luego la vida les llevó por derroteros diferentes, les separó en el tiempo. Hasta que el destino le hizo reencontrarse a Alfre con mi hermana Maribel e Isa en ese rincón tan especial, llamado Aranzazu. Esa vez no le pude ver, pero ellas me supieron transmitir su gran humanidad. Y sobre todo, a través de ellas y de su mujer, Nieves, una gran mujer como no podia ser menos, he podido redescubrirle.

Ya ves Alfre, la vida y el tiempo nos traen estas cosas, personas que se nos perdieron una vez en el tiempo, regresan a nosotros de otra manera. No pude despedirme de ti, Alfre, pero siempre estarás con nosotros a traves de Nieves y de tu hijo, y en cada uno de los rincones de esos montes que tanto amaste. Porque para mi tu serás siempre el pastor de Aranzazu.


martes, 13 de diciembre de 2016

LA MONTAÑA. LUCES Y SOMBRAS

El otro día, y gracias a la propuesta de unos buenos amigos, después de un montón de años alejado de las cumbres, pude disfrutar de mi reencuentro con una de mis mayores pasiones, añorada y abandonada por diversas circunstancias de la vida: la montaña. Lo primero, me gustaría agradecer (porque lo contrario sería tremendamente injusto) a Marta, Jose, Roberto, Joserra, Iñaki, Natio… y a sus correspondientes vástagos (Izai, Miren, Iñigo, Ane, David, otro Iñigo y Xabi) su compañía, ánimo y alegría. Gracias a ellos he vuelto, a mis 59 años, a revivir la ilusión, la maravilla de la naturaleza en su estado más puro, la libertad de sentirte junto al cielo, respirar el aire limpio de las cumbres, admirar la belleza de un bosque de hayas con las ramas desnudas y el suelo cubierto con un manto de hojas secas de color rojizo cual alfombra acogedora, envolverte en una tenue niebla mágica que te transporta a un mundo interior donde las sombras, lejos de asustarte, te muestran el camino. ¡Ah la montaña…! El cansancio de las piernas cuando estas al límite en la ascensión y te hacen sentir cada paso como una losa eterna, el aire frio que se te mete hasta el tuétano mezclado con la humedad del bosque cerrado, el manto de hojas secas que oculta de manera tramposa una capa de piedras sueltas que te hacen convertir la sonrisa en una mueca de dolor cuando las pisas y tuerces el tobillo, la niebla tan espesa que se puede cortar con un cuchillo y que te impide ver más allá de tus narices, la pendiente arriba que te corta la respiración y te ahoga… ¡Ah la montaña…! Con sus luces y sus sombras.

Los tiempos han cambiado a una velocidad de vértigo, y la montaña no podía ser una excepción. ¿O si? Depende a que nos refiramos. En realidad no es la montaña la que ha cambiado. Somos nosotros y las herramientas que utilizamos las que han evolucionado. Todavía recuerdo (permitidme que me ponga en plan "abuelo cebolleta") cuando en mis años mozos cogíamos el tren a Durango, sí, aquel tren viejo de madera, que chirriaba en cada curva pareciendo que se iba a descomponer a cada momento, echando humo continuamente. Sacábamos las guitarras para cantar, rodeados de mochilas, mientras los viajeros nos miraban con la complacencia que da la edad y nos agradecían que les animáramos la hora larga que duraba aquel viaje. Al pararse el tren en la estación con una gran estruendo, saltábamos alocados al andén y colgándonos a la espalda la mochila y la guitarra, emprendiamos la subida a pie hasta Urkiola para, una vez alli, proseguir hasta Amboto unas veces y otras seguir el cordal por Saibigain, Aramotz y Eskubaratz que nos devolvia a Lemona o Amorebieta, donde volvíamos a coger el tren de vuelta a casa. El ritual de todos los domingos al volver del monte: ducharnos, limpiar las botas de cuero y embadurnarlas con todo el cariño del mundo, acariciándolas,  de aquella grasa especial que las protejería en la siguiente salida. Nuestra única herramienta de orientación eran aquellos mapas de Javier Malo que tantas aventuras y pérdidas de rumbo han vivido conmigo. Y nuestro sentido de la orientación e imprudencia que suplía otras carencias técnicas. Y, como no, una gran dosis de pundonor que me impedía rendirme ante las adversidades climatológicas o físicas.




La montaña sigue siendo la misma. He cambiado yo. El otro día lo comprobé. Más años, más veteranía, más cansancio, más desgastado. Ahora subimos en coche a Urkiola. Incluso el tren es más moderno y rápido. Y los mapas ya no son de Malo, ahora son de Orux, que con su gps nos indica a cada momento donde estamos, hacia donde vamos y de donde venimos. Como si nos guiara por la vida.




 Ciertamente hay que adaptarse a los tiempos y saber aprovechar lo que cada uno nos trae como apoyo, pero no nos engañemos, con Malo, Orux, gps o papel, el camino tenemos que hacerlo nosotros, cada paso que demos hacia arriba tiene que ser esfuerzo nuestro, pèrsonal, cada gota de sudor, cada respiro jadeante, cada ampolla, agujeta o dolor, son nuestros y solo nuestros y tenemos que seguir con ellos, mirando siempre adelante. En cada paso que demos tenemos que ser conscientes de cuando merece la pena sufrir al subir una cumbre o cuando es mejor retirarse a tiempo. Esa es solo decisión nuestra, no de los mapas o gps.

Y hay algo que por muchos mapas analogicos o digitales que haya, por muchos cambios que experimenten las personas o los caminos, sigue existiendo de manera imperturbable a través de los tiempos: en la montaña impera la solidaridad, la amistad, el compartir, el acompañamiento, el respeto y la paz. Lo comprobé el otro día, a pesar de los años que hacia que no iba al monte. Para mi, comprobar que eso no había dejado de existir fue revivir de nuevo, renovar la ilusión. Con más años, más achaques, si, pero con mas veteranía y experiencia para afrontarlos, y sobre todo con la misma capacidad de superación que cuando era joven.
 

viernes, 15 de enero de 2016

A LAS 5 ENCHOCOLATADA Y A LAS 7 FIESTA DEL COLESTEROL

La verdad es que revisando el baúl de los recuerdos en que he convertido a mi querido cuaderno de escritura, uno se puede encontrar con la sorpresa de rescatar esos relatos que en su día plasmé en el papel y que deseché aduciendo que eran malos o que no merecían ser mostrados a la luz. Y digo sorpresa, porque releyéndolos descubro que, alguno de ellos, son como el buen vino, que con el tiempo ganan. O como esa canción que necesitas escucharla muchas veces para que llegue a calarte dentro. O como uno mismo, que con el paso de los años es capaz de valorar más lo que hay en la esencia de las cosas.

Esto me ha pasado con la historia que os cuento a continuación. El título del post lo dice todo... y a la vez no dice nada, aunque es el mismo que el del relato. Es una historia sencilla y compleja al mismo tiempo, real... o no. Algunos dirán que es erótica y otros que tierna. O ambas cosas a la vez. En todo caso disfrútenla, saboréenla. Eso sí, no es apta para diabéticos porque tenemos a las 5 enchocolatada y a las 7 la fiesta del colesterol.



"Una tenue luz procedente de las farolas de la calle penetraba a través de las rendijas de la persiana. María, tumbada boca arriba en la cama, no podía dormir. Aquel habia sido un dia extraño, celebraban su 35 aniversario pero apenas habían intercambiado dos palabras en todo el día. Unos regalos de compromiso, para ella un collar de perlas que fué a engrosar la larga colección de collares que su marido le regalaba cada aniversario, y un libro de los que ya no leía porque no le gustaba, para él.
María se giró hacia la izquierda y miró su espalda. Aquella espalda que tanto le gustaba acariciar cuando se casaron y que ahora le parecía un muro infranqueable. ¿Qué les había pasado? se preguntó. ¿cuándo, en qué momento de sus vidas perdieron la chispa? ¿Cuándo dejaron de conectarse a través de la mirada? ¿Cuándo dejaron de estremecerse con las caricias?

Maria miró el reloj de su mesilla. La tres de la madrugada. Volvió a mirar a su marido y se levantó. Se puso la bata y las zapatillas y, saliendo de la habitación despacio para no hacer ruido, se dirigió al baño. María no se dió cuenta de que su marido la miraba con los ojos levemente cerrados siguiendo sus movimientos. Encendió la luz y se puso frente al espejo. Se vió mayor, arrugas en la frente, bolsas debajo de los ojos, pómulos resecos... Dió un paso atrás y abrió la bata dejándola caer suavemente por detrás de los hombros. Se miró los pechos, algo caídos después de haber amamantado a tres hijos. Se pasó las manos por el vientre un poco obeso y se giró levemente para mirarse las nalgas, todavía duras a pesar de sus 55 años.

Suavemente se abrazó por los hombros y cerró lo ojos mientras recordaba aquellos primeros años de casados, cuando la llama del fuego ardoroso les envolvía en juegos que les hacían experimentar una sensación de ímpetu pasional mezclada con la placidez que sigue a la explosión. Especialmente le vino a la memoria el juego que más les volvía locos, cuando Jorge le envolvía todo el cuerpo con aquella mantequilla en la que luego le espolvoreaba colacao. A ella le hacía gracia porque le recordaba esos bocadillos de "nocilla especial", como le gustaba decir, que su madre le ponía cuando era pequeña, en vez de chocolate. Claro que Jorge no era su madre y lo mejor de aquel revoltijo era cuando su marido se lo volvía a quitar en un juego mezcla de sabores y sensaciones llenas de dulzura que los envolvía a los dos en aquella burbuja aterciopelada hasta que explotaba.

Maria abrió despacio los ojos sin querer salir de aquella ensoñación y se descubrió con las mejillas sonrojadas. Pero la mayor sorpresa fué encontrarse en la puerta a Jorge, que mirándola con ternura se le acercó. Llevaba un tarro de mantequilla en una mano y el bote de colacao en la otra. La cogió de la mano y la llevó a la cocina. En el reloj sonaron las cinco de la mañana. De nuevo volvieron a sentir la mezcla de sabores y sensaciones dulces, de nuevo se vieron envueltos en aquella burbuja aterciopelada que, al explotar, les hizo sentir el calor de aquel fuego como nunca lo habían sentido. Después volvieron a abrazarse, María volvió a acariciar aquella espalda que ya no era una muralla infranqueable, volvieron a conectar sus miradas y la chispa volvió a brillar. Ya no había preguntas que hacerse porque las respuestas tampoco eran importantes.

Pasado un tiempo, Jorge se levantó mientras ella seguía tumbada en la mesa con los ojos cerrados. Se fué al armario, sacó galletas, bollos, croisants y los puso encima de María mientras esta le miraba divertida. Jorge volvió a enseñarle la mantequilla y el colacao poniéndole ojos picarones. En el reloj de la cocina marcaban las siete de la mañana".

Txema Olleta

miércoles, 23 de diciembre de 2015

15, AÑOS... TIENE MI...

22 de diciembre, dia de la loteria. Tal día como ayer hace 15 años, también a nuestra familia nos toco la loteria, ¡EL GORDO!. Tal dia como ayer hace 15 años, llegó a nuestra casa Andrea, una estrella radiante que durante estos 15 años ha iluminado nuestras vidas y las de sus hermanos con su sonrisa, siempre abierta, a veces cegadora. Tenía 3 meses cuando llego, y parecía tan indefensa... Ahora tiene 15 años y os puedo asegurar que es todo menos una niña indefensa.
Cuando cumplió los 7 años, otro número mágico para mi, escribi para ella mi primer cuento, el mismo que inauguró este blog hace, también, 7 años. Para que no rebusquéis en la caja de Pandora particular que es este blog (más que nada porque no vaya a ser que os enganche con sus lazos mágicos u os perdáis en en el interior de su laberinto), aqui os lo vuelvo a poner. Un consejo: regresad a vuestros siete años y convertiros en Andrea. Así lo podréis disfrutar mejor.

ANDREA Y EL ARCO IRIS

Andrea acababa de cumplir siete años. Era una niña preciosa, tenía el cabello rubio como el oro, se peinaba una coleta en el lado derecho que le hacía parecer una niña traviesa y poseía una sonrisa picarona y transparente, pero lo que más llamaba la atención de las personas que conocían a Andrea, eran sus ojos. Ella era rubia, pero sus ojos eran marrones y le dotaban a la niña de una mirada con una profundidad inmensa. Esa mirada hacía de Andrea una niña muy especial
Vivía en una aldea pequeña situada en un pequeño valle en las montañas, a la vera de un riachuelo. Su vida era feliz rodeada de las personas que la querían: sus padres, sus dos hermanos, sus amigos… Como cada día, Andrea se dirigía de la escuela a casa por el camino más cercano al río. Había llovido y el sol empezaba a brillar por encima de las nubes y Andrea se sentó en una piedra dispuesta a disfrutar de nuevo de un espectáculo que la fascinaba cada vez que se producía: la aparición del Arco Iris. Esperó pacientemente pero el arco no aparecía. Andrea se dio cuenta de que algo raro estaba pasando y se quedó muy preocupada, tanto, que no se dio cuenta de que, a su lado, había un enano verde que se estaba tronchando de risa mientras miraba al cielo vacío sin el Arco Iris. Fue cuando este dio una gran risotada que se percató de su presencia. Andrea se fijó en él y le dijo:
-          ¿De qué te ríes?
-          De que no hay Arco iris – dijo Simón, que así se llamaba el enano.
-          ¡Pues no le veo la gracia! – contestó Andrea muy enfadada – Si no hay Arco Iris se apagarán los colores de la Tierra.
Entonces Simón se quedó helado y dejó de reírse, dándose cuenta de la gravedad de la situación. Entristecido y arrepentido le contó a Andrea que vivía en la tierra del Arco Iris con sus padres y hermanos. Los padres de Simón tenían como misión crear el Arco Iris cada vez que llovía y salía el sol. Esta misión se la había encomendado la Reina de las Hadas entregándoles un hermoso bastón dorado con el que lo construían. Cada vez que llovía y hacía sol, la madre de Simón cogía con el bastón los rayos del sol y el padre los volvía a lanzar a través del agua de la lluvia creando ese hermoso abanico de colores.
Simón pensaba que no había en el mundo trabajo más tonto e inútil que ese, y un día que se había enfadado con ellos porque querían hacerle comer pescado, cogió el bastón dorado y lo escondió. Y por eso, ese día no hubo Arco Iris. Andrea se enfadó muchísimo con él y le explicó que ese trabajo era muy importante porque gracias a él la tierra, las personas, los animales y las plantas estaban llenas de colores. Pero lo que más convenció a Simón fue darse cuenta de que él mismo estaba perdiendo el color verde. Inmediatamente fueron los dos corriendo al lugar donde Simón había escondido el bastón dorado y para asegurarse de que se acababa la travesura, Andrea acompañó a Simón hasta su casa. Según iban andando el verde brillante de las plantas se iba convirtiendo en verde pálido y los colores de las flores se iban apagando.
Cuando Andrea y Simón llegaron a la cabaña de los enanos, se encontraron a los padres de Simón de un color gris pálido. Su padre llevaba en la cabeza un enorme sombrero de copa totalmente descolorido, igual que el gran pañuelo que llevaba su madre en los hombros. Al ver a Simón, no sabían si reñirle o abrazarle, así que optaron primero por lo segundo y segundo por lo primero. Seguidamente cogieron con rapidez el bastón dorado y, la madre, dirigiéndolo hacía el sol cuyo color también se estaba apagando, cogió los rayos que quedaban. Rápidamente le pasó el bastón al padre de Simón y este, señalando hacia las escasas gotas de lluvia que permanecían, lanzó los rayos con fuerza contra ellas.
De inmediato se produjo el milagro, un hermoso Arco Iris, el más hermoso que Andrea jamás viera, empezó a formarse. El cielo se lleno de colores, Simón volvió a ser de un verde brillante, su padre mostro un hermoso color azul, al igual que su flamante y enorme sombrero de copa; su madre era de un radiante color lila y por la puerta empezaron a salir sus hermanos y hermanas, cada una de un brillante color. La tierra, las flores, las personas, los animales, todo recuperó color y vida. Simón no volvió a pensar que era un trabajo tonto e inútil.
Pero también Andrea sintió que algo cambiaba dentro de ella; sus ojos hasta entonces marrones se habían transformado en dos hermosos Arcos Iris, lo mismo que su mirada que, a partir de ahora, además de ser intensa y profunda, estaría llena de color porque en su interior brillaba la Reina de las Hadas.

Txema Olleta